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EL CABALLERO ERRANTE
GEORGE R. R. MARTIN
Dunk no tuvo dificultad en cavar la fosa, porque las lluvias primaverales habían
ablandado la tierra. Eligió la ladera occidental de una colina, por respeto a la afición
del anciano a las puestas de sol. “Ya ha pasado otro día -comentaba en vida,
suspirando-. A saber qué nos deparará el de mañana, ¿eh, Dunk?”
Pues bien, uno les había deparado lluviasque los habían calado hasta los huesos,
el siguiente viento racheado y húmedo, y el tercero frío. Amanecido el cuarto, el viejo
ya no tenía fuerzas para montar. Ahora estaba muerto. Pocos días atrás, a lomos de su
caballo, cantaba todavía la canción aquella sobre ir a Gulltown a ver a una hermosa
joven, sólo que cambiando Gulltown por Vado Ceniza. “A Vado Ceniza camino, a ver
a mi zagala, decabellos de lino”, recordó Dunk, cavando con tristeza.
Cuando consideró que el agujero ya era bastante hondo, cogió en brazos el
cadáver del anciano y lo llevó al borde. Había sido un hombre bajo y delgado, y ahora
que ya no llevaba cota de mallas, yelmo ni cincho para la espada pesaba lo que un saco
de hojas secas. Dunk poseía una estatura descomunal para su edad; a sus dieciséis odiecisiete años (nadie sabía de cierto cuántos) su cuerpo larguirucho y poco grácil
frisaba los dos metros, y aún tenía que fornirse. EI viejo había dedicado muchos
elogios a su fortaleza. Siempre había sido pródigo en ellos. No tenía nada más que dar.
Dunk lo depositó en la fosa y aguardó un poco a cubrirla. El aire volvía a oler a
lluvia. Se imponía rellenarla antes de que cayeran las primerasgotas, pero no era fácil
cubrir de tierra aquel rostro viejo y cansado. Debería haber un sacristán, pensó Dunk,
para dedicarle unas oraciones; pero sólo me tiene a mí. El viejo le había comunicado
toda su ciencia sobre espadas, escudos y lanzas, pero no había sido buen profesor de
palabras.
-Os dejaría vuestra espada, pero se oxidaría –dijo al fin, como quien pide perdón-.
Yo creo que os daránotra los dioses. Ojalá no hubieras muerto, ser -Enmudeció unos
instantes, por ignorancia de lo que quedaba por decir. No sabía ninguna oración entera.
EI viejo no había sido hombre de oraciones-. Erais un caballero cabal, y jamás me
golpeasteis sin yo merecerlo –logró decir al cabo-, salvo aquella vez en Estanque de la
Dama. Ya os dije que el pastel de la viuda se lo había comido el mozo de laposada, no
yo. En fin, ya no importa. Id con los dioses, ser.
Echó tierra con el pie. Después llenó la fosa metódicamente, sin mirar lo que
yacía al fondo. Ha tenido una vida larga, pensó. Seguro que le faltaba poco para
cumplir sesenta años. ¿Cuántos podían presumir de lo mismo? Al menos había visto
otra primavera.
Dio de comer a los caballos con el crepúsculo en ciernes. Había tres: eljamelgo
de Dunk, el palafrén del anciano y Trueno, su caballo de batalla, un semental zaino
reservado para torneos y guerras. Trueno había perdido la rapidez y fuerza de antaño,
pero guardaba el coraje, el brillo en la mirada, y era la posesión más valiosa de Dunk.
Si vendiera a Trueno y al viejo Castaño, pensó el muchacho, con sillas y bridas, me
darían plata, suficiente para... Frunció elentrecejo. Sólo conocía una vida, la de
caballero errante: cabalgar de castillo en castillo, servir a tal o cual señor, luchar en sus
batallas, comer en sus salones hasta el final de la guerra y proseguir el viaje. De vez en
cuando también había torneos, si bien con menor frecuencia. Dunk sabía que en invier

nos crudos algunos caballeros errantes se dedicaban al robo. No había sido el caso delanciano.
Podría buscarme otro caballero errante que necesitase un escudero para cuidarle
las bestias y limpiarle la cota, pensó; o ir a alguna ciudad, Lannisport o Desembarco
del Rey, y unirme a la guardia. También podría...
Había dejado amontonadas las pertenencias del viejo al pie de un roble. EI
monedero de tela contenía tres monedas de plata, diecinueve peniques de cobre y un
granate...
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