Ajedrecista

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LA AJEDRECISTA
Primer capítulo: “Los montes”
No sé cuando, el interés por su juego, me llevo a observarla. O era su perdón, lo que más inquiría mi corazón. Desde aquella mañana, en que no descifre su mensaje y por el poco interés que preste a este. Llegó a enredarse todo.
Tres palabras lo dijeron todo y mi silencio conquistó cuatro años de convivencia. Hasta que un jueves, de aquellos que nose repiten, en el terminal terrestre, de aquella ciudad, me sorprendió.
Era su acento, la sinfonía que me llevó muy lejos, del lugar en donde estábamos. A un mundo distinto. En donde mis frases fluían y sus metáforas la hacían elegante, para un atento descodificador.
Este es un caso ajeno, del cual solo les contaré el comienzo, y quizás encuentre en el final, y su relación con la que sigue.Era yo un niño, cuando los huaicos de un mes de enero, lo arrasó todo. Y nos dejo hambre y pobreza. Se llevó consigo nuestros cultivos, la mitad de nuestras pertenencias –y menos mal que no pasó lo mismo con nuestros ahorros– dejándonos nuestros ahorritos, que permanecían seguros en el bolsillo de Pedro, el último de la familia.
Vivíamos en Santa Rosa, cuando mi padre decidió tomar carta en elasunto, luego del suceso y de la anticipada partida de mis dos hermanos. Dos veranos antes, que el huaico nos dejará en la nada y solo con la vida, como único consuelo. Juan y Mariano, habían partido hacia las montañas. En busca de un mejor futuro. A ocultas y con lo poco que les pertenecía. Después de haber cumplido los diecisiete años de edad. Los gemelos–inconfundibles por su acento–enrumbaronhacia Chuquibambilla, capital de nuestra provincia. Para luego, desde ahí, dirigirse hacia las montañas. Un lugar oscuro, peligroso y alentador si de conseguir dinero se trata.
Eran pocos los que regresaban de ese lugar. Muchos morían es su haciendas, otros se quedan a vivir para siempre y algunos morían en el camino. Mi padre muy poco nos hablaba de ese lugar. Pero el último lugar, entre todos eneste mundo–en sus momentos de lucidez–que nos recomendaría, como lugar de residencia.
Don Felipino, un hombre viejo y carcomido por su edad. En una tarde, cuando fue a visitarnos a la casa. Nos contó de un hombre que regresó con vida y aun vive en la actualidad. Este hombre era un pariente suyo. Se llamaba Marciano Quispe–si, ese era su nombre–el que volvió intacto de las montañas. Cuando lohizo era un zarrapastroso, irreconocible. Estaba viejo y por él, había pasado factura, el sacrificio, que hizo, sin proponérselo.
Había ido a las montañas, junto a Justino Mamani y Pedro Ancco. Un tres de febrero de 1962. Cuando solo tenían quince años. Los tres eran hombres fornidos, fuertes y robustos, como suele decir la vieja Inés. Capaces de poder cambiar su destino, partieron hacia PuertoMaldonado (las montañas).
Tres meses después, por el camino que nos lleva a Lambrama, se presentó Justino, con una herida de bala en el hombro izquierdo y una cicatriz en la frente. La cual decía: “Nuestra Terra”. Cuando sus familiares lo llevaron a su casa, este no dijo nada, durante tres días y cuatro noches. Su rostro describía la imagen de un hombre asustado, miedoso e intimidado.
– ¿Qué tehan hecho, Justino? –Le preguntaban, sin ser correspondidos.
El hombre estaba hecho una momia de alma y cuerpo. Mi padre que sabía lo suficiente de medicina natural (Curandero), le extrajo la bala que se hospedaba en su brazo izquierdo. Luego de tres días y cuatro noches, abrió la boca solo para decir: “Mamitay, alcanzame la cancha, que tengo hambre… el monte está seco”.
Murió una semana despuésque le sonriera a doña Inés, amiga del colegio con quien se iba a casar, cuando volviera de la montaña.
– Inesacha, ten muchos críos, que los nuestros nunca van a nacer. Y cuando nazcan muéstrale las tierras, que nunca será de ellos, de la cual nunca comerán y de cuyo manantial jamás beberán. Que vean que esa tierra fértil, en donde nací y en donde crece el mejor maíz de esta zona, la cual...
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