Anna frank

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El Diario de Ana Frank
Ana Frank
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"Oasis". Nunca nos preocupamos demasiado por si llevamos suficiente dinero en el monedero, puestoque entre los clientes de las heladerías suelen haber amables caballeros de nuestro círculo de conocidoso algún admirador perdido, los que siempre nos ofrecen más helado del que realmente podemos tomar.
Supongo que debe sorprenderte oírme hablar, a mi edad, deadmiradores. Desafortunadamentees un mal inevitable en nuestra escuela. Cuando un compañero me propone acompañarme a casa enbicicleta y se entabla una conversación, nueve de cada diez veces, se trata de un muchachoenamoradizo y ya no deja de mirarme. Al cabo de un tiempo el arrebato comienza a disminuir,especialmente porque yo no presto demasiada atención a sus miradas ardientes y sigo pedaleandoatoda velocidad. Cuando el joven no cesa en sus intenciones, yo me balanceo un poco sobre mi bicicleta,se cae mi cartera y el muchacho se ve obligado a bajarse para recogerla, tras lo cual me las ingenio paracambiar en seguida de conversación.
Esto es lo que sucede con los más cándidos. Hay otros, por supuesto, que me tiran besos otratan de apoderarse de mi brazo, pero ésos equivocan el camino.Bajo diciendo que puedo pasarme sinsu compañía, o bien me considero ofendida, y les digo claramente que se vayan a su casa.
Bueno, la base de nuestra amistad ha quedado establecida. ¡Hasta mañana, Kitty!
ANA
Domingo 21 de junio de 1942
Querida Kitty:
Toda nuestra clase tiembla, pues pronto se reunirá el consejo de profesores. La mayoría de losalumnos se pasan el tiempo haciendo apuestas sobrelos que pasarán de curso. Nuestros dos vecinos debanco, Wim y Jacques, que han apostado el uno al otro su capital de vacaciones, nos divierten mucho aMiep de Jong y a mí. De la mañana a la noche se les oye decir: "Tú pasarás". "No". "Sí". Ni las miradasde Miep, implorando silencio, ni mis accesos de ira correctora pueden calmarlos.
Personalmente pienso que la mitad de nuestra clase debería repetir,visto el número deholgazanes que en ella hay, pero los profesores son la gente más caprichosa del mundo; pero quizá poresta vez actúen en el sentido adecuado.
En cuanto a mí, no tengo mucho miedo; creo que saldré del paso. Me entiendo bastante bien contodos mis profesores, que son nueve en total, siete hombres y dos mujeres. El viejo señor Kepler, elprofesor de matemática, anduvo muy enfadadoconmigo durante un tiempo porque yo charlabademasiado. Finalmente me impuso un castigo: escribir una composición sobre el tema: Una charlatana.¡Una charlatana! ¿Qué podía escribirse sobre eso? Ya veríamos luego; después de haberlo anotado enmi cuaderno, traté de quedarme callada.
Por la tarde, en casa, terminados todos mis deberes, mi mirada tropezó con la anotación de lacomposición. Me puse areflexionar mordiendo la punta de mi estilográfica. Evidentemente, yo podía, conletra grande, separando las palabras todo lo posible, garabatear algunos disparates y llenar las trespáginas fijadas, pero la dificultad residía en demostrar de manera irrefutable la necesidad de hablar.Seguí pensando y, de repente, encontré la solución que me dejó satisfecha. Argumenté que la charlaexcesiva es un defectofemenino, que yo me esforzaría por corregir un poco, aunque sin librarme de éltotalmente, pues mi propia madre habla tanto como yo, si no más; en consecuencia poco puede hacersepor remediarlo, ya que se trata de un defecto heredado.
Mi argumento hizo reír mucho al señor Kleper; pero, cuando en la clase siguiente yo reincidí enmi parloteo, me impuso una segunda composición. Tema: Una charlatanaincorregible. Volví a salir delpaso, después de lo cual el señor Kepler no se quejó durante dos lecciones. A la tercera realmente exageré.
—Ana, otro castigo por charlar. Tema: Cua, cua, cua, dice la señora Patagua.
Carcajada general. Yo me eché a reír con mis compañeros, aunque sabía que mi imaginación
estaba agotada sobre el tema. Necesitaba encontrar algo nuevo, algo original. La casualidad...
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