Arlt

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Roberto Arlt Los siete locos
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Roberto Arlt Los siete locos
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Roberto Arlt Los siete locos
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LOS SIETE LOCOS
ROBERTO ARLT
CAPITULO PRIMERO
LA SORPRESA
ESTADOS DE CONCIENCIA
EL TERROR EN LA CALLE
UN HOMBRE EXTRAÑO
EL ODIO
LOS SUEÑOS DEL INVENTOR
EL ASTRÓLOGO
LAS OPINIONES DEL RUFIÁN MELANCÓLICO
EL HUMILLADO
CAPAS DE OSCURIDAD
LA BOFETADA
«SER» A TRAVÉS DE UN CRIMEN
LAPROPUESTA
ARRIBA DEL ÁRBOL
CAPITULO SEGUNDO
INCOHERENCIAS
INGENUIDAD E IDIOTISMO
LA CASA NEGRA
LA CIRCULAR
TRABAJO DE LA ANGUSTIA
EL SECUESTRO
CAPITULO TERCERO
EL LÁTIGO
DISCURSO DEL ASTRÓLOGO
LA FARSA
EL BUSCADOR DE ORO
LA COJA
EN LA CAVERNA
LOS ESPILA
DOS ALMAS
LA VIDA INTERIOR
UN CRIMEN
SENSACIÓN DE LO SUBCONSCIENTE
LA REVELACIÓN
EL SUICIDA
EL GUIÑO
Roberto Arlt Los siete locos4
CAPITULO PRIMERO
LA SORPRESA
Al abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios japoneses, Erdosain quiso retroceder;
comprendió que estaba perdido, pero ya era tarde.
Lo esperaban el director, un hombre de baja estatura, morrudo, con cabeza de jabalí, pelo gris
cortado a «lo Humberto I», y una mirada implacable filtrándose por sus pupilas grises como las de un
pez: Gualdi, elcontador, pequeño, flaco, meloso, de ojos escrutadores, y el subgerente, hijo del hombre
de cabeza de jabalí, un guapo mozo de treinta años, con el cabello totalmente blanco, cínico en su
aspecto, la voz áspera y mirada dura como la de su progenitor. Estos tres personajes, el director
inclinado sobre unas planillas, el subgerente recostado en una poltrona con la pierna balanceándose
sobre elrespaldar, y el señor Gualdi respetuosamente de pie junto al escritorio, no respondieron al
saludo de Erdosain. Sólo el subgerente se limitó a levantar la cabeza:
–Tenemos la denuncia de que usted es un estafador, que nos ha robado seiscientos pesos.
–Con siete centavos –agregó el señor Gualdi, a tiempo que pasaba un secante sobre la firma que
en una planilla había rubricado el director.Entonces, éste, como haciendo un gran esfuerzo sobre su
cuello de toro, alzó la vista. Con los dedos trabados entre los ojales del chaleco, el director proyectaba
una mirada sagaz, a través de los párpados entrecerrados, al tiempo que sin rencor examinaba el
demacrado semblante de Erdosain, que permanecía impasible.
–¿Por qué anda usted tan mal vestido? –interrogó.
–No gano nada como cobrador.
–¿Yel dinero que nos ha robado?
–Yo no he robado nada. Son mentiras.
–Entonces, ¿está en condiciones de rendir cuentas, usted?
–Si quieren, hoy mismo a mediodía.
La contestación lo salvó transitoriamente. Los tres hombres se consultaron con la mirada, y, por
último, el subgerente, encogiéndose de hombros, dijo bajo la aquiescencia del padre:
–No... tiene tiempo hasta mañana a las tres. Tráigaselas planillas y los recibos... Puede irse.
Lo sorprendió tanto esa resolución que permaneció allí tristemente, de pie, mirándolos a los tres.
Sí, a los tres. Al señor Gualdi, que tanto lo había humillado a pesar de ser un socialista; al subgerente,
que con insolencia había detenido los ojos en su corbata deshilachada: al director, cuya tiesa cabeza de
jabalí rapado se volvía a él, filtrandouna mirada cínica y obscena a través de la raya gris de los
párpados entrecerrados.
Sin embargo, Erdosain no se movía de allí... Quería decirles algo, no sabía cómo, pero algo que
les diera a comprender a ellos toda la desdicha inmensa que pesaba sobre su vida; y permanecía así,
de pie, triste, con el cubo negro de la caja de hierro ante los ojos, sintiendo que a medida que pasaban
los minutossu espalda se arqueaba más, mientras que nerviosamente retorcía el ala de su sombrero
negro, y la mirada se le hacía más huida y triste. Luego, bruscamente, preguntó.
–¿Entonces, puedo irme?
–Sí...
–No... Entréguele los recibos a Suárez y mañana a las tres esté aquí, sin falta, con todo.
–Sí... todo... –y volviéndose, salió sin saludar.
Por la calle Chile bajó hasta Paseo Colón. Sentíase...
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