Ars amandi

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Ars Amandi

a Hebe Caviglia


- ¿Y ahora?- se dijo-, ¿ahora qué voy a hacer?
No se trataba tanto de lo que ella iba a hacer cuanto de lo que los demás estuvieran dispuestos a hacer. Porque ¿quién le iba a dar trabajo a ella, con cincuenta y un años, veinte de experiencia laboral sí, pero sólo como ayudanta de farmacia en un hospital, sin título alguno? ¿Una oficina? No sabía usar unamáquina de sumar ni hacer facturas si elaborar protocolos ni nada. ¿Un colegio? No sabía enseñar, no se había recibido de maestra. ¿Una fábrica? ¿Qué fábrica? Y aun si las hubiera, ¿tomarían a una operaria de cincuenta y un años?
- Podrías irte a vivir con tu hija- le propuso Elena- y así afrontás los pocos gastos que vas a tener con la pensión de Lorenzo.
No quería. No quería irse a vivir con lahija ni con nadie. Ella quería vivir sola, en su propia casa, escuchar radio o mirar televisión cuando se le diera la gana, comer champiñones a la provenzal si se le antojaba y si no se le antojaba, una mandarina o tres nueces o un bife con papas fritas. Quería ir a San Juan dos veces por año cargada de regalos para la hija, el yerno y los nietos. Quería ir una vez por semana a jugar a las cartas alclub y tres veces por semana en invierno al gimnasio y en verano a la pileta. Quería ir al cine de vez en cuando. Y soñar con un viaje a Europa. Quería todo eso, lo que había tenido hasta el momento y le habían quietado. Y por eso entonces, ¿qué iba a hacer de ahí en adelante?
Hizo lo previsible, lo que tenía tanto miedo de hacer pero era inevitable. Leyó los avisos del diario y fue a las cincode la mañana a hacer una cola que a las diez, cuando sentía que se iba a desmayar en la vereda, se extendía a lo largo de cinco cuadras poblada de chicas y chicos de no más de veinte años y alguna que otra persona de su edad o más.
Aprendió un montón de cosas. Aprendió a llevar un sándwich, una fruta y una botellita de agua mineral escondidas en el bolso. Aprendió a calzarse: zapatillas blandaspara hacer la cola y un par de zapatos de taco para cuando estaba por llegar su turno. Aprendió a maquillarse ni mucho ni poco un segundo antes de ponerse los zapatos. Aprendió solidaridad. No era que ella no hubiera sido solidaria antes, vaya si lo había sido con la gente del hospital. Pero nadie había sido verdaderamente solidario con ella. Entre amigas se prestaban cosas, ropa, bijouterie,vajilla si alguna daba una comida en su casa, libros, discos, hasta dinero se prestaban, claro que sí, pero era entre risas, sin salirse mucho de sí mismas, con la seguridad de ser todas iguales, de conocerse tanto que la circulación de objetos o de favores no significaba casi nada.
Aprendió allí, en esas colas a las cinco de la mañana, en lo oscuro, cuando ya había tres, cuatro y a veces máspersonas antes que ella, aprendió que una desconocida o un desconocido podía darse vuelta o tocarla en el hombro para pasarle un dato:
- No pongas en el formulario que sos casada.
Pero ella no era casada, ya no: ella era viuda.
- Poné que sos soltera.
- Cuidado con el del escritorio de la derecha, es un chancho.
- Sonreía, y se te cuenta un chiste, reíte a carcajadas.
- Te guardo el lugar, andáque en el bar te prestan el baño, en el de enfrente, en el de la esquina ni entres.
- Ponete seria y parate bien derecha.
- Acá en el formulario poné que sabés dos idiomas.
Pero ella sabía sólo francés.
- Vos poné que sabés inglés también.
- ¿Querés una galletita?
Aprendió que ella también podía hacer todo eso. Lo estaba haciendo sin darse cuenta, desde el primer o el segundo día.
- Tratá deque no te atienda el rubio gordo.
- Sentate bien derecha y no muevas los brazos.
- Decile que estás estudiando alemán.
- Tomá, te dejo mi sándwich.
Pero fue inútil. Sabía desde el vamos que iba a ser inútil pero había tenido que probar porque una nunca sabe como decía Dora; y es una de esas piden una empleada para farmacia o laboratorio o droguería o algo, decía Julia.
Se le ocurrió...
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