Bartleby, el escribiente

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Bartleby, el escribiente
Herman Melville

“Todavía puedo ver aquella figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente solitaria! Era Bartleby.” P.33

“No es raro que la fe más firme de un hombre, al ser intimidado de un modo irracional y violento, empiece a tambalearse. Empieza a darse cuenta de que, por extraño que parezca, toda la razón y toda la justicia están de laotra parte. En estas circunstancias, si se encuentran personas desinteresadas en su presencia, se volverá hacia ellas para que refuercen su posición.” P.38

“Es evidente que Bartleby se está haciendo aquí su hogar, ha convertido la oficina en su apartamento privado. De inmediato un pensamiento cruzó mi mente; ¡Qué soledad y abandono reflejaba la conducta de Bartleby! Su pobreza era grande, perosu soledad era terrible. Piensen en ello. Los domingos Wall Street está más desierto que Petra, y todas las noches de todos los días queda completamente vacío. Este edificio, que en los días laborables rezuma de vida y actividad, por la noche retumba de silencios, y el domingo queda desolado. Y aquí precisamente hacía Bartleby su hogar, espectador solitario de una soledad que había visto poblada,una suerte de inocente y transformado Mario meditado entre las ruinas de Cartago.
Por primera vez en mi vida me asaltó un sentimiento de abrumadora melancolía. Antes sólo había experimentado tristezas no del todo desagradables. Pero el vínculo humano me arrastraba irresistiblemente al abatimiento. ¡Una melancolía fraternal! Pues ambos, Bartleby y yo, éramos hijos de Adán. Recordé las sedasbrillantes y los rostros resplandecientes que había visto aquella mañana, deslizándose lentamente como los cisnes por el Mississippi de Broadway, y los comparé con el pálido copista, pensando: ‘¡Ah! La felicidad busca la luz, por eso creemos que el mundo es alegre, pero la miseria se esconde en todas partes, por eso creemos que no hay miseria’.
[… Por mi mente pasaron todos los enigmas que habíanotado en aquel hombre. Recordé que sólo hablaba para responder; que, aunque en distintos periodos disponía de tiempo libre, jamás lo había visto leer, no, ni siquiera un periódico; que, durante largos intervalos de tiempo, permanecía mirando hacia fuera, por la pálida ventada que daba al ciego muro de ladrillos. Estaba seguro de que nunca había visitado una fonda o un restaurante; la palidez de surostro indicaba claramente que nunca bebía cerveza, como Turkey, pero tampoco café o té como el resto de los mortales. Nunca salía a ninguna parte, ni siquiera a dar un paseo, a no ser que ése fuera el caso presente. También recordé que nunca consintió decir de dónde venía o de dónde era, o si tenía algún pariente en alguna parte; que, a pesar de su palidez, jamás se quejaba de mala salud. Peroantes que nada me vino a la mente cierto aire de neutral inconsciencia, ¿cómo lo podría llamar?, de lívida arrogancia o, más bien, de austera reserva, que ejerció en mí cierto efecto condescendiente frente a sus excentricidades cuando le pedía que me hiciera algún pequeño favor, aun cuando sabía de sobra que permanecía inmóvil detrás del biombo, sumido en una de sus contemplaciones del muro.
Alordenar todos estos recuerdos, y al vincularlos con el descubrimiento reciente de que había hecho de mi oficina su residencia permanente, y sin olvidar sus mórbidas actitudes, un sentimiento de prudencia empezó a apoderarse de mí. Mis primeras emociones fueron de pura melancolía y pena sincera, pero a medida que la situación desolada de Bartleby aumentaba en mi imaginación, la misma melancolía setornaba en miedo; y la pena, en repulsión. Tan cierto es, y tan terrible, que llegados a un cierto punto el pensamiento o la visión de la miseria afecta a todos nuestros mejores sentimientos; pero, en casos especiales, cuando se sobrepasa ese punto, ya no es así. Se equivocan los que piensan que eso se debe invariablemente al egoísmo inherente a la naturaleza humana. Más bien tiene su origen en...
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