Chocorramo

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  • Publicado : 23 de septiembre de 2010
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Cuenta la leyenda que el señor Rafael Molano soltaba el lápiz a las 12 en punto, echaba la silla hacia atrás y se agachaba para sacar el portacomidas del último cajón del escritorio. Entonces ledecía permisito doctor a la silueta que se recortaba del otro lado del vidrio esmerilado, silueta que respondía siga Molano, y se dirigía al comedor en donde tras colgar el saco del espaldar de la silla,desabotonarse el chaleco y remangarse la camisa procedía a compartir un merecido almuerzo junto con sus compañeros de oficina. Entre bocado y bocado de sobrebarriga, entre cucharada y cucharada demute, intercambiaban sus opiniones acerca vaya uno a saber de qué: de las últimas intrigas de “El derecho de nacer”, del rumor de un ataque perpetrado por un grupo de jóvenes cubanos a un cuartel deldictador Batista o del triunfo fenomenal de “El Zipa” Efraín Forero como campeón de la primera vuelta a Colombia en bicicleta. Y así avanzaba plácidamente la hora del almuerzo. Entonces en un momento dadoel señor Rafael Molano iniciaba un ritual que los comensales seguían con el alma en vilo: Molano le echaba una mirada a su reloj de pulsera y como comprobaba que faltaban diez para la una, estirabael brazo hasta el envoltijo que permanecía junto al portacomidas, lo desenvolvía cuidadosamente y ayudándose de una servilleta tomaba entre sus dedos el contenido. El silencio caía como un costal dearena sobre el salón, bocados a medio masticar quedaban inmóviles dentro de las bocas, vasos de sorbete de curuba detenidos en el aire y las conversaciones se hundían en el suspenso mientras una docenade dilatadas pupilas contemplaban absortas cómo ese esponjoso ponqué blanco desaparecía deprisa tras los dientes blancos del señor Molano.

Alguna noche durante la cena el señor Molano le dijo a sumujer que para mañana tuviera la bondad y le empacara una tajada extra de ponquecito, que se lo iba a vender a un compañero. Tan pronto como terminó de guardar la loza, hacendosa, la señora de...
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