Cuento los inmigrantes

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  • Publicado : 4 de mayo de 2010
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LOS INMIGRANTES
El hombre y la mujer caminaban desde las cuatro de la mañana. El tiempo, descompuesto en asfixiante calma de tormenta, tornaba aún más pesado el vaho nitroso del estero. La lluviacayó por fin, y durante una hora la pareja, calada hasta los huesos, avanzó obstinadamente.
El agua cesó. El hombre y la mujer se miraron entonces con angustiosa desesperanza.
-¿Tienes fuerzaspara caminar un rato aún? -dijo él-. Tal vez los alcancemos...
La mujer, lívida y con profundas ojeras, sacudió la cabeza. -Vamos -repuso prosiguiendo el camino.
Pero al rato se detuvo,cogiéndose crispada de una rama. El hombre, que iba delante, se volvió al oír el gemido.
-¡No puedo más!... -murmuró ella con la boca torcida y empapada en sudor-. ¡Ay, Dios mío! ...
El hombre, tras unalarga mirada a su alrededor, se convenció de que nada podía hacer. Su mujer estaba encinta. Entonces, sin saber dónde ponía los pies, alucinado de excesiva fatalidad, el hombre cortó ramas, tendiólasen el suelo y acostó a su mujer encima. El se sentó a la cabecera, colocando sobre sus piernas la cabeza de aquélla.
Pasó un cuarto de hora en silencio. Luego la mujer se estremeció hondamente y fuemenester en seguida toda la fuerza maciza del hombre para contener aquel cuerpo proyectado violentamente a todos lados por la eclampsia.
Pasado el ataque, él quedó un rato aún sobre su mujer,cuyos brazos sujetaba en tierra con las rodillas. Al fin se incorporó, alejóse unos pasos vacilante, se dio un puñetazo en la frente y tornó a colocar sobre sus piernas la cabeza de la mujer, sumida ahoraen profundo sopor.
Hubo otro ataque de eclampsia, del cual la mujer salió más inerte. Al rato tuvo otro, pero al concluir éste, la vida concluyó también.
El hombre lo notó cuando aún estaba ahorcajadas sobre su mujer, sumando todas sus fuerzas para contener las convulsiones. Quedó aterrado, fijos los ojos en la bullente espuma de la boca, cuyas burbujas sanguinolentas se iban ahora...
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