Cuento sebastopol

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Sebastopol
Augusto D'Halmar

I Tal vez lo único que sentí al abandonar ese infierno donde corren peligro el cuerpo y el alma, fue dejar a don Rolando, el contador, más solo si cabe, ya que en la salitrera no había tenido otro amigo que yo. Cuando llegué, tres años antes, él fue el único que se condolió de mi suerte de hijo de familia transplantado de la Escuela de Minería de la capital a lapampa salitrera y el único que me miró con menos desprecio. Yo iba a la oficina Sebastopol con el último puesto y allí donde la ley del escalafón se aplica rigurosamente, el empleado debe poseer un variado registro de tonos para sus relaciones con el personal, hasta llegar al simple operario, que significa ser. Las orgullosas universidades olvidan con demasiada ligereza que los ceros determinan lacantidad y que sin ellos vendrían a valer bien poco.

Don Rolando era un viejito a quien, en su tiempo, no debía habérsele conocido otro vicio que una afición desmedida por la ópera, afición que, acá, había adquirido caracteres de nostalgia. Por lo demás, nunca tomaba parte en las diversiones del personal y vestía hasta modestamente para su cargo. También se le llamaba “Colilla” por su economíade solterona. Como el establecimiento no diese café por la mañana, se desayunaba, parapetado en su pupitre, con pan seco y nueces, zurcía en persona su ropa (a poderlo la hubiera lavado él mismo) y los días de correo solía altercar con el encargado de la correspondencia por una carta que se le cobrase de más. Nadie se explicaba esta tacañería, pero tal vez mi propia situación hizo que yo lajustificara; tampoco yo podía distraer un centavo de mi sueldo si quería que mi familia se sostuviese en la capital; seguramente sería que don Rolando también tenía familia. Y la tenía, pues. Como desde un principio hicimos buenas migas por nuestra condición análoga, no tardé en conocer la historia del

contador. El tal, era un héroe, así como suena; un héroe que después de haber reunido un capitalrespetable, haberse formado un hogar y haberlo educado en la holgura y casi en el lujo, de la noche a la mañana fue declarado en quiebra, pagó hasta el último centavo y en vez de pegarse un tiro, se agenció aquel puesto de contador en la Sebastopol, que era un destierro liso y llano, pero donde ganaba, lo que en la metrópoli no habría podido ganar. “-¿Qué hacerle?, me decía él, como excusándose. Mibarco amenazaba hundirse y en él iba toda mi gente. A mal tiempo, buena cara”.

¡Sí que la había puesto el bravo hombrecito! Jamás un músculo de su rostro se alteró ante el trabajo; y deportado por la suerte a aquel Sebastopol no hemos perdido en los arenales que la histórica plaza rusa podía estarlo en las estepas, era un intrépido soldado, siempre en la brecha.

Una cosa había que loconfortase en su heroísmo y era el saber que, gracias a él, los suyos no carecían de nada en la capital y podían “salvar las apariencias”. Porque aquel hombre que se contentaba con una camisa de dril y un calzado de lona, aquel que, por toda diferencia entre el invierno y el verano, llevaba un casquete de cheviot o un gorro de percalina, para su familia tenía todavía pretensiones.

Su familia secomponía de cinco personas: la señora, que según los retratos debía haber sido muy señora, dos niñas casaderas, una pequeña y un hijo que cursaba humanidades y que seguramente no valdría más que un pollino para que su propio padre llegase a confesar “que no era un águila”. Con estas cinco mantenía correspondencia el viejecito. Le escribía cada una conforme iba

necesitando de él y si es verdad queal comienzo de las cartas había muchos deseos de que estuviese bueno y algunas protestas sobre lo que se le extrañaba y al final otros tantos votos porque se conservara bien y que al destino le pluguiese reunirlos nuevamente, el bulto de ellas lo constituían muchas exigencias mimosas que al pobre hombre lo hacían echarse la gorra a los ojos, signo inequívoco de perplejidad en él, morder el cabo...
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