De la tranquilidad del animo.

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Tran" D E L A T R A N Q U I L I D A D Á N I M O " S É N E C A

D E L

DE

LA

TRANQUILIDAD

DEL

ANIMO

A SERENO I. SERENO: Cuando me examinaba a mí mismo, ¡oh Séneca!, aparecían en mí algunos vicios, puestos tan al descubierto que podía cogerlos con la mano; otros más obscuros y apartados, otros no continuos, sino que vuelven de cuando en cuando, de los cuales estoy por decir queson los más molestos, como esos enemigos escondidos que asaltan en las ocasiones, con los cuales ni se puede estar preparado como en la guerra, ni seguro como en la paz. Sin embargo, el estado en que principalmente me encuentro (¿por qué no he de confesarte la verdad como a un médico?) es el de ni estar liberado por completo de aquellas cosas que temía y odiaba, ni totalmente sometido a ellas; asíestoy colocado en
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un estado que, no siendo el peor, es el más lamentable y molesto, porque ni estoy del todo enfermo, ni sano. Y no me digas que son tiernos los principios de todas las virtudes, que con el tiempo adquieren dureza y fuerza. Tampoco ignoro que en las cosas en que se trabaja por la estimación -me refiero a las dignidades, a la fama de elocuencia y a cuanto provienedel voto ajeno-, todo se consolida con el tiempo; y que así las que comunican verdaderas fuerzas como las que para agradar se revisten de falsas apariencias, han de esperar años hasta que poco a poco la duración les dé color; pero temo que la costumbre, que da consistencia a las cosas, no fije más profundamente en mí este vicio. La larga familiaridad, tanto de lo malo como lo de bueno, engendracariño. Esta flaqueza del ánimo, que permanece dudosa entre lo uno y lo otro y ni se inclina fuertemente a lo recto ni a lo depravado, no te la puedo exponer de una vez, sino que he de ir por partes; yo te contaré lo que me pasa y tú encontrarás un nombre para esta enfermedad. Confieso que siento un gran amor por la templanza: me gusta una cama no adornada ambiciosamente, y vestido que no haya sidosacado del arca y planchado con pesos y mil
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tormentos para obligarle a que resplandezca, sino que sea casero y común y que ni haya de ser guardado ni puesto con solicitud; me gusta una comida que ni hayan tenido que prepararla todos los de la casa, ni admire a los convidados, ni tenga que ser ordenada con muchos días de anticipación, ni servidapor las manos de muchos, sino la corriente y fácil, que no tenga nada de rebuscada ni de preciosa, que se encuentre por todas partes, que no sea pesada ni al patrimonio ni al cuerpo, ni haya de salir por donde ha entrado; me gusta el criado inculto y el esclavo tosco, la pesada plata de mi rústico padre sin el nombre del artífice, y una mesa no vistosa por la variedad de colores, ni conocida en laciudad por haber pasado por muchos dueños elegantes, sino la que baste para el uso y no retenga voluptuosamente los ojos de ningún convidado, ni encienda su envidia. Pero gustándome mucho todo esto, me aprieta el ánimo el aparato de algún pedagogo, esos esclavos vestidos con una mayor diligencia y con más oro que para una procesión, ese ejército de siervos resplandecientes; la casa en que se pisanpreciosas alfombras, en que las riquezas están diseminadas por todos los rincones, los techos son refulgentes y hay siempre esa muchedumbre que
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acompaña a los patrimonios que se despilfarran. ¿Qué diré de esas aguas, relucientes hasta el fondo, que rodean a los convidados, y de los banquetes dignos de este escenario? Lo que sí digo es que, al venir de la lejana frugalidad, mecercó con sus resplandores el lujo que por todas partes resuena a mi alrededor. Mi vista vacila un poco y más fácilmente separo de él el ánimo que los ojos. Así me retiro no peor, pero sí más triste, y entre mis deslucidas cosas no me encuentro ya satisfecho y me acomete un sordo remordimiento y la duda de si serán mejores estas otras cosas. Ninguna de ellas me cambia, pero todas me combaten. Me...
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