Demian capitulo 7

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7. Frau Eva

Durante las vacaciones fui un día a la casa en que había vivido hacía años Max Demian con su madre. Por el jardín paseaba una anciana; me dirigí a ella y averigü que la casa le pertenecía. Pregunté por la familia Demian y, aunque la recordaba muy bien, no sabía dónde vivía ahora. Al ver mi interés, me invitó a entrar; sacó un álbum
encuadernado en cuero y me enseñó una fotografíade la madre de Demian. Yo apenas la recordaba. Al ver la pequeña fotografía, mi corazón casi dejó de latir. ¡Era la imagen de mi sueño! Era ella, la gran silueta de mujer, un poco masculina, parecida a su hijo, con rasgos maternales, rasgos de sinceridad, rasgos de profunda pasión, bella y atractiva, bella e inasequible, demonio y madre, destino y amada. ¡Era ella!
Me sentí traspasado por unasombro salvaje al descubrir que mi imagen soñada vivía sobre la tierra. ¡Aquella mujer que llevaba los rasgo de mi destino existía! ¿Dónde estaba? ¿Dónde? Era la madre de Demian. Poco después emprendí mi viaje. ¡Un extraño viaje! Iba desasosegado de un lugar a otro, siguiendo mis impulsos, siempre en busca de aquella mujer. Había días en los que encontraba personas que me la recordaban, que se leparecían, que me arrastraban tras de sí por calles, por ciudades desconocidas, por estaciones, por trenes, como en un sueño enmarañado. Había otros días en los que me daba cuenta de lo inútil que era mi búsqueda; entonces me sentaba apátic en un parque, en el jardín de un hotel, en una sala de espera, concentrado en mí mismo e intentando revivir en mi interior la imagen amada. Pero la imagen sehabía hecho ya borrosa y huidiza. No podía dormir; únicamente en el tren, atravesando paisajes desconocidos, lograba dormirme a ratos. Una vez, en Zurich, me siguió una mujer, guapa y un poco descarada. Yo apenas la miré y seguí adelante como si no existiera. Hubiera preferido morir instantáneamente antes que dedicarle a otra mujer ni un minuto de interés. Yo notaba que mi destino tiraba de mí; sentíaque la consumación estaba ya próxima y me enloquecía de impaciencia viendo que no podía precipitarla. Una vez en una estación -creo que fue en Innsbruck- vi pasar en la ventanilla de un tren que salía una figura que me recordó a ella y durante varios días me sentí profundamente desdichado. Otro día volvió a aparecer la imagen en un sueño; desperté con una sensación de vergüenza y vacío ante lainsensatez de mi búsqueda y volví directamente a casa. Un par de semanas más tarde me matriculé en la Universidad de H. Todo me desilusionó. Las clases de historia de la filosofía a las que yo asistía me parecían tan insulsas y mecánicas como la vida que llevaban los jóvenes estudiantes. Todo estaba cortado por el mismo patrón; todos hacían las mismas cosas. La acalorada alegría en los rostrosjuveniles tenía un aspecto vacío e impersonal. Pero yo era libre, disponía de todo el día y vivía tranquila y cómodamente en una casa antigua fuera de la ciudad. Sobre mí mesa tenía unos tomos de Nietzsche. Con él vivía, sintiendo la soledad de su alma, presintiendo el destino que le empujaba inexorablemente; sufría con él y era feliz de que hubiera existido un hombre que había seguido tanconsecuentemente su camino. Una noche paseaba yo por la ciudad barrida por el viento otoñal, escuchando cantar a los estudiantes en las tabernas. Por las ventanas abiertas salía en densas nubes el humo del tabaco, así como canciones ruidosas y rítmicas pero desangeladas y uniformes. Parado en una esquina, escuchaba; en dos tabernas resonaba en la noche a un tiempo la alegría ensayada de la juventud. Por todaspartes aquel compañerismo, aquellas pandillas sentadas en las tabernas, aquel eludir el destino, la evasión al calor del rebaño. Dos hombres pasaron lentamente a mi espalda y oí un jirón de su conversación.

-¿Verdad que es igual que la cabaña de adolescentes en un pueblo de negros? Y todo
igual, hasta los tatuajes, siguen de moda. ¿Ve usted?: esto es la joven Europa.
La voz me sonó...
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