El destino de un hombre

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EL DESTINO DE UN HOMBRE

Mijaíl Shólojov

Mijaíl Shólojov

EL DESTINO DE UN HOMBRE

www.e-libro.net 2001

a primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del mar Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de lamargen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables. En esa mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de Bukanovskaia. Y aunque la distancia no era grande —cerca de sesenta kilómetros— no resultótan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de salir el sol. Un par de caballos bien cebados, tensos como cuerda de guitarra los tiran-

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tes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las ruedas se hundían hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y al cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas, bajo lasfinas correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante, blanca como de jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueran pródigamente embadurnados los arreos. En los lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y seguíamos a pie. Bajo nuestras botas altas chapoteaba lanieve acuosa, costaba trabajo andar, pero a ambos lados del camino se conservaba todavía el hielo —refulgente al sol como el cristal— y por allí era aún más difícil avanzar. Al cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka. El pequeño río, que se seca parcialmente en verano, se había desbordado frente alcaserío de Mojovski, en una extensión de un kilómetro entero, por un terreno pantanoso y cubierto de alisos. Había que pasarlo en una frágil barquilla, de fondo plano, que únicamente podría llevar a tres personas como máximo. Desenganchamos los caballos. Al otro lado, en un cobertizo del koljoz, nos esperaba un “Willis” viejecillo, que había visto ya mucho mundo, dejado allá el invierno anterior. Elchofer y yo embarcamos, no sin temor, en la vetusta lancha. Un camarada quedó en la orilla con el equipaje. Apenas desatracamos, empezaron a brotar, por diferentes sitios del podrido fondo, pequeños surtidores. Con medios manuales, calafateamos la insegura embarcación y estuvimos achicando el agua hasta que llegamos.

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Una hora más tarde, nos encontrábamos en la otra orilla del Elanka. Elchofer trajo del caserío el auto, se acercó a la barca y dijo, agarrando un remo: —Si este maldito barreño no se deshace en el agua, volveremos dentro de un par de horas; no nos espere usted antes. El caserío se extendía a un lado, a lo lejos, y junto al embarcadero había ese silencio que únicamente reina, en pleno otoño o a principios de primavera, en los lugares deshabitados. Del agua venía unhálito de humedad, en unión del acerbo aliento de los alisos putrefactos, y de las lejanas estepas de Prijoperskie, hundidas en el humo liláceo de la niebla, el suave vientecillo traía el aroma, eternamente joven, de la tierra recién liberada de la nieve. Cerca de allí, sobre la arena de la orilla, yacía un seto derribado. Me senté en él y quise fumar, pero, al meter la mano en el bolsillo derecho dela enguatada chaqueta, comprobé con gran pena que la cajetilla de “Bielomor” estaba toda empapada. Durante la travesía, una ola había barrido la cubierta de la baja barquilla, hundiéndome en agua turbia hasta la cintura. En aquellos instantes yo no estaba para pensar en los cigarrillos, pues hubo que soltar el remo y sacar el agua con la mayor rapidez posible, para que la lancha no zozobrara, y...
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