El observador 381

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Rosa Martha Abascal de Arton en El Observador 381-1, piensa con muy
buen criterio que la política es una «ciencia», un «arte» que pertenece al orden práctico, al obrarhumano. Y que ese obrar se apoya en el «ser». Es decir, toda consideración política debería remitirse a su fundamentación antropológica que le sirva de soporte. El fin de lapolítica para ella es el ser humano, un ser dotado de cuerpo y espíritu, con inteligencia, voluntad y libertad. Por lo tanto, convengamos todos con ella al creer que la políticadebería buscar la plena realización y la trascendencia del ser humano. Eso sería lo deseable, pero como ya dijo un siglo antes Juan Donoso Cortés, en su carta al cardenal Fornani, denunciando elorigen del naturalismo y del panteísmo político de su época: «Los errores contemporáneos son infinitos; pero todos ellos, si bien se mira, tienen su origen y van a morir en dosnegaciones supremas: una relativa a Dios y otra al hombre. La sociedad niega de Dios que tenga cuidado de sus criaturas, y del hombre que sea criatura de Dios».
Así el hombrese quiere erigir en Dios. ¡Y no será que el ser humano debe desprenderse de estas ataduras tan atávicas de una trascendencia de la que no tiene la más mínima evidencia!, porque tantareferencia a una entidad invisible lo que ha hecho casi sobremanera a lo largo de tantos siglos de historia, es frenar la inteligencia, la ilusión por la vida natural y enfrentar a laspersonas en una absurda batalla dialéctica que no va a ninguna parte, habiendo tantas prioridades reales que claman al cielo y que por derecho les corresponde.Creo que lo que tienen que hacer las leyes en una sociedad moderna, es
dejar el espacio para que cada uno defina qué quiere o cómo ve la
felicidad.
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