El profesional

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  • Publicado : 31 de agosto de 2012
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El profesional


La noche se había acercado perezosamente y una llovizna tenue mojaba las calles. El escaparate del local estaba opaco por lo empañado que se encontraba. Un río liliputiense y sinuoso surcaba el vidrio de arriba hacia abajo. Las luces de la calle parpadearon hasta encenderse y, sin darme cuenta, una extraña melancolía me había ganado poco a poco. Estaba insatisfecho con miestado de ánimo. Aprendí que la melancolía es como la crema, en pequeña porción es sabrosa, sin embargo, cuando se consume en gran cantidad empalaga, hastía. Y la suma dio como resultado, que me sintiera empalagosamente hastiado. Y entre lluvia y melancolía el día de trabajo en la peluquería estaba llegando a su fin.
Hoy, martes, para un comercio como el mío precisamente no es, y nunca lo fue, unajornada significativamente productiva. Los clientes optan por venir los días más cercanos al fin de semana. Nunca entendí bien la preferencia de la clientela por el viernes o el sábado. Según parece, está en el ADN de la mayoría de las personas. Algunos ya vienen etiquetados y embalados para levantarse al sexto ciclo semanal, llamado vulgarmente viernes, con la decisión inalterable de obtener uncorte de cabello. Y están los sabatinos, esos que cuando el almanaque señala al séptimo ciclo, se apersonan en la barbería.
Estaba particularmente fastidioso; más por aburrimiento que por cansancio físico. En una palabra: ¡no había venido nadie! Bueno, sí, por la mañana, alrededor de las 10, había asomado el morro Juan, pero él no contaba; bastaron dos tijeretazos para dar cuenta con los cuatropelos locos que ostentaba. Él es de la creencia que tiene una melena de Sansón, y yo no voy a ser quién lo contradiga. Hay que darle más charla que otra cosa; la conversación justifica la tarifa y que Dios lo bendiga con larga vida a él y a sus cuatro pelos. Que de ellos así como de otros, vivo.
Esperaba cerrar a la hora de costumbre. Si hubiera tenido la certeza de que nadie iba a llegar, mehubiese ido antes que el horario se cumpliera, pero estaba seguro – por qué había ocurrido otras veces- que cuando estuviera bajando la persiana, un rezagado se haría presente. Pero ya no aguantaba más, como mencioné antes, mi fastidio ya no era mensurable; en una palabra, estaba harto de permanecer en el negocio sin que nadie concurriese. Mi mal humor fue en aumento cada minuto. Miraba la hora en elreloj de pared y el muy maldito tenía una lentitud pasmosa; se diría que tenía una ignorancia supina en cuanto a lo que debía hacer: marcar el tiempo al ritmo prefijado y en el orden lógico.
Observaba la hora como si me fuese la vida en ello. El segundero no parecía moverse. Comencé a acecharlo convencido de que no se movía. Sí, ¡lo hizo!, no…, no sé. Quise verificar su marcha controlándolo conel de pulsera. Mantuve fija la mirada en la esfera blanca… sí, un segundo largo pasó y lo marcó…; al menos eso creía. Levanté rápidamente la mirada hacia el de pared para confirmar el resultado. Me puse eufórico, estaban los dos iguales.
Pero de la euforia pasé a la angustia; que estuvieran los dos relojes iguales no significaba que ese suceso esperado se hubiera producido. Podría ser queninguno de los dos hubiera captado el transcurso del tiempo; o simplemente que el segundo no hubiera ocurrido. Tal vez mi rapidez -o mi lentitud- de levantar la cabeza no era la adecuada. Tenía que encontrar el método de reducir la posibilidad de que el segundo pasara en un reloj sin que éste segundo no pudiera ser verificado en el otro.
Me subí en uno de los tres sillones de corte, el tapizado serasgó. Este nuevo acontecimiento colmó la resistencia del termostato de mi enojo. No generaba ingresos y sí era capaz de producir más gastos.
Estiré el brazo izquierdo – brazo donde usaba el reloj de pulsera- y lo puse lado a lado con el de pared. Ahora sí, confiaba en que ese triste segundo en mi vida pudiera ser captado en ambos relojes y cazarlos visualmente para mi entera satisfacción. ¡Sí!,...
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