El puente de otoño

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TAKASHI MATSUOKA EL PUENTE DE OTOÑO

TAKASHI MATSUOKA

El puente de otoño

Annotation Emily Gibson, residente en Japón desde su llegada a Edo en 1861, entabla amistad con el heredero del clan de Okumichi, Genji, un joven que, aunque interesado por el mundo occidental que se abre ante él, sigue considerando que su principal deber es la defensa del honor familiar. Emily, intrigada por lahistoria de los ancestros de Genji, se volcará en la interpretación de los manuscritos legados. A medida que se adentre en ellos, los textos cobrarán vida y una profecía oculta durante siglos comenzará a tomar forma. Takashi Matsuoka retoma a algunos de los protagonistas de El honor del samurai para describir el rico mosaico que conforma la sociedad japonesa. La historia de los Okumichi es lahistoria de la evolución del país.

TAKASHI MATSUOKA EL PUENTE DE OTOÑO A mis abuelos: Matsuoka Atono, nacido en el pueblo de Akaoka,en el antiguo Dominio de Tosa, y Okamura Fudé, nacida en Wakayama, en Kansai del sur, Tokunaga Sumié y Yokohama Hanayo, nacidos en el pueblo de Bingo, en la Prefectura de Hiroshima. A mis padres: Yoshio Matsuoka, nacido en San Francisco, California, y Haruko Tokunaga,nacida en Hilo, Hawai. Y a mi hija: Weixin Matsuoka, nacida en Santa Mónica, California. Con gratitud, respeto y los mejores recuerdos. Siempre.

I EL FANTASMA DEL SEÑOR KIYORI 1 El espectro El Gran Señor empuña una espada afilada, cabalga un brioso corcel de guerra, comanda una hueste de indisciplinados vasallos. Ha decapitado a diez mil enemigos. Sus proezas militares son la maravilla delreino. Pero ¿acaso no llegó a este mundo desgañitándose desde el vientre de una mujer? ¿No se alimentó, indefenso, de los pechos de una mujer? Y cuando las frías estrellas centellean como el hielo en el cielo invernal, y el abismo de la eternidad congela su corazón, ¿qué otra cosa ansia más que el abrazo de una mujer? Aki-no-hashi, 1311 ***

Castillo Bandada de Gorriones, en el Dominio de Akaoka,1860 La dama Shizuka no había cambiado lo más mínimo desde que el señor Kiyori la conocía. Su cutis era tan delicado como la más exquisita de las porcelanas Ming, y mostraba la perfecta palidez propia de una cortesana que nunca abandona sus aposentos, su piel no acusaba el paso del tiempo, nunca había sido herida por el sol o las inclemencias del clima, y no exhibía señal alguna reveladora dehechos, pensamientos o sentimientos impropios de su condición. Sus ojos, cuando no lo miraban —tímidamente, con complicidad o seductoramente, según el caso—, permanecían fijos en algún punto remoto mostrando una expresión de inminente y agradable sorpresa, acentuada por sus cejas altas y ralas. No lucía un peinado a la usanza moderna, con toda esa complejidad de trenzas, dobleces, ondas y accesorios,sino sencillamente partido al medio y sujetado con un lazo celeste que lo dejaba caer laciamente sobre los hombros, desde donde seguía deslizándose por la espalda con elegancia, lustrosa como el ébano, hasta llegar al suelo. Sus largos trajes de refinada seda crepé, cuyas texturas contrastaban unas con otras, eran de corte clásico, sueltos, y sus sucesivas capas exhibían matices complementarios deazul que iban desde el más luminoso de un estanque de montaña hasta el casi negro del cielo nocturno. El vivo retrato de una princesa de la era del Príncipe Resplandeciente. Una era, recordó él, que había transcurrido muchos siglos atrás. Fuera de aquella habitación, el enorme poderío militar de las naciones extranjeras amenazaba ominosamente a Japón. Ahora, los gigantescos buques de guerra devapor de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Rusia, entraban libremente en los puertos japoneses. Aquellos buques estaban equipados con cañones capaces de lanzar bombas del tamaño de un hombre a grandes distancias, incluso más allá de las montañas y los bosques, y destruir ejércitos ocultos a la vista antes de que pudieran siquiera imaginar quién estaba arrasándolos. El océano que separaba las...
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