El secreto de los flamencos

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Federico Andahazi

El secreto de los flamencos

EL SECRETO DE LOS FLAMENCOS FEDERICO ANDAHAZI
EDITORIAL PLANETA, S.A. Primera Edición, Enero 2002 Portada por Aída Poppo Impreso en Argentina

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Federico Andahazi

El secreto de los flamencos

ÍNDICE
1 2 3 4 5 6 7 8 ROJO BERMELLÓN .................................................... 4 AZUL DE ULTRAMAR............................................... 22 AMARILLO DE NAPOLES.......................................... 30 VERDE DE HUNGRÍA ............................................... 40 BLANCO DE PLOMO................................................. 47 NEGRO DE MARFIL ................................................. 56 SIENA NATURAL ..................................................... 64 COLORIS IN STATUS PURUS................................... 75

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Federico Andahazi

El secreto de los flamencos

Para Aída Para Verita

1 ROJO BERMELLÓN
I Una bruma roja cubría Florencia. Desde el Forte da Basso hasta el de Belvedere, desde la Porta al Prato hasta la Romana. Como si estuviese sostenida por las gruesas murallas que rodeaban la ciudad, una cúpula de nubes rojas traslucía los albores del nuevo día. Todoera rojo debajo de aquel vitral de niebla carmín, semejante al del rosetón de la iglesia de Santa María del Fiore. La carne de los corderos abiertos al medio que se exhibían verticales en el mercado y la lengua de los perros famélicos lamiendo los charcos de sangre al pie de las reses colgadas; las tejas del Ponte Vecchio y los ladrillos desnudos del Ponte alie Grazie, las gargantas crispadas delos vendedores ambulantes y las narices entumecidas de los viandantes, todo era de un rojo encarnado, aún más rojo que el de su roja naturaleza. Más allá, remontando la ribera del Arno hacia la Via della Fonderia, una modesta procesión arrastraba los pies entre las hojas secas del rincón más oculto del viejo cementerio. Lejos de los monumentales mausoleos, al otro lado del pinar que separaba lospanteones patricios del raso erial sembrado de cruces enclenques y lápidas torcidas, tres hombres doblegados por la congoja más que por el peso exiguo del féretro desvencijado que llevaban en vilo avanzaban lentamente hacia el foso recién excavado por los sepultureros. Quien presidía el cortejo, cargando él solo con el extremo delantero del ataúd, era el maestro Francesco Monterga, quizá el másrenombrado de los pintores que estaban bajo el mecenazgo, bastante poco generoso por cierto, del duque de Volterra. Detrás de él, uno a cada lado, caminaban pesadamente sus propios discípulos, Giovanni Dinunzio y Hubert van der Hans. Y finalmente, cerrando el cortejo, con los dedos enlazados delante del pecho, iban dos religiosos, el abate Tomasso Verani y el prior Severo Setimio. El muerto eraPietro della Chiesa, el discípulo más joven del maestro Monterga. La Compagnia della Misericordia había costeado los módicos gastos del entierro, habida cuenta de que el difunto no tenía familia. En efecto, tal como testimoniaba su apellido, Della Chiesa, había sido dejado en los brazos de Dios cuando, a los pocos días de nacer, lo abandonaron en la puerta de la iglesia de Santa María Novella.Tomasso Verani, el cura que encontró el pequeño cuerpo morado por el frío y muy enfermo, el que le administró los primeros sacramentos, era el mismo que ahora, dieciséis años después, con un murmullo breve y monocorde, le auguraba un rápido tránsito hacia el Reino de los Cielos. El ataúd estaba hecho con madera de álamo, y por entre sus juntas empezaba a escapar el hedor nauseabundo de ladescomposición ya entrada en días. De modo que el otro religioso, con una mirada imperativa, conminó al cura a que se ahorrara los pasajes más superfluos de la oración; fue un trámite expeditivo que concluyó con un prematuro «amén». Inmediatamente, el prior Severo Setimio ordenó a los sepultureros que terminaran de hacer su trabajo. A juzgar por su expresión, se hubiera dicho que Francesco Monterga estaba...
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