Exhumación cuento pablo montoya

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Exhumación
Pablo Montoya
Abres el libro, no de los muertos
Sino de los desenterrados
Lucía Estrada

La radio dice que es en La Pintada, en un terreno baldío próximo al río Cauca. El locutor aclara que la han descubierto hace un par de días. Aún no se sabe, precisa, cuántas personas están enterradas allí. Según testigos, sin nombres por supuesto, hay entre diez y quince cadáveres.

Lasoperaciones de exhumación, continúa la voz de barítono en el radio con un deje de frialdad, comenzarán al día siguiente bajo la supervisión de la Fiscalía y un comité de derechos humanos de Medellín. Matilde se acerca para subir el volumen y enterarse de cuál comité se trata, pero una propaganda de jabón para lavar ropa se entromete.

Se sienta en la mecedora un momento y espera. Ha dejado laescoba al lado de la puerta de la calle al escuchar la noticia del descubrimiento de la nueva fosa. Ahora cierra los ojos e intenta dar un determinado cuerpo a ese número impreciso de existencias cuya identidad todavía no han logrado borrar ni el barro, ni las lluvias, ni el miedo y la crueldad de los hombres. Más allá de la escoba, Matilde ve cómo el polvo del quicio de la casa se levanta haciendofiguras que la luz de la mañana vuelve ligeramente translúcidas. Luego las formas -montañas, velos, rostros- se diluyen como si fueran quimeras que sólo ella puede ver y definir con su pensamiento en este instante. Junto a la mecedora, sobre la pequeña mesa donde se acomoda el radio Sony, cerca de la mano de Matilde que se ha estirado con fatiga, está el retrato de Andrés.

El locutor se extiendeun poco, pero no deja de ser parco, al comentar cuándo presumiblemente fueron los asesinatos y quiénes pudieron ser los culpables y las víctimas. Se dice una fecha que corresponde más o menos a la época en que Andrés no regresó. Pero La Pintada está lejos de Sonsón que fue donde se perdieron para siempre las huellas del muchacho.

Matilde, en realidad, ya no presta mucha atención a lassuposiciones de un locutor de radio que poco se conmueve con las fatalidades que narra cada día. Tampoco tiene confianza en quienes efectúan las investigaciones judiciales y se encargan de identificar los cadáveres de las fosas que se abren con frecuencia. Lo que le interesa ahora es el nombre del comité que el locutor repite al final de la noticia.

Lo anota en un papelito y luego hace variasllamadas. Poco después, y aún faltan varias horas para el mediodía, Matilde ya sabe con cierta claridad los acontecimientos para comunicárselos a Gustavo. En el orden riguroso de estas diligencias ha sido férrea la voluntad de la mujer. Termina de barrer el quicio de la casa y se dirige al baúl donde están guardados los pormenores de su búsqueda incansable. Toma una carpeta y de allí saca una lista delos lugares de Antioquia adonde han ido los dos tras las huellas de Andrés. Por un momento, en la medida en que va leyendo los nombres de las fincas y las veredas y los tramos de la carreteras, Matilde recuerda paisajes de páramo, el calor pegajoso de las sabanas, los valles con sus pequeños ríos agitados que ha transitado con Gustavo. Y ve las cercas que siempre delimitan esos terrenos desamparadosen que las autoridades han logrado encontrar el vestigio de una muerte atroz.

El dolor no ha desaparecido, piensa Matilde mientras remueve las otras carpetas del baúl. Son carpetas donde hay fotos de las fosas comunes que han visitado y documentos judiciales y denuncias que ellos hicieron hace años en los periódicos de la ciudad. ¿Cuándo fue la última?, se pregunta Matilde. Seis años, dosmeses y trece días, se responde de inmediato. Porque son estas exactitudes lo que justifica tal búsqueda y la torna de alguna manera sensata.

Las denuncias en los diarios las pagaron hasta que el dinero escaseó. Se conformaron entonces con las continuas idas y venidas de un juzgado a otro. Fueron también muchas veces a organizaciones no gubernamentales que les prodigaron un lábil consuelo de más...
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