Filosofia

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El tiempo desapacible
Apenas tuve tiempo para hacer la maleta. El aviso llegó de repente, a través de una llamada de teléfono en la que una voz lacónica, como de funcionario desganado, me apuntaba la dirección del conservatorio donde debía presentarme a primeras horas de la mañana. Las prisas me obligaron a llenarla con lo imprescindible.
— ¿Ha tomado nota?
— Sí— contesté.
— No lo olvide, alas ocho en punto. Le atenderá don Antonio Amorrortu, el director— me dijo la voz mientras yo escribía deprisa y corriendo las señas encima de un billete. Al rato, reparé en el itinerario. Recuerdo que calculé la distancia, más de cuatrocientos kilómetros, maldiciendo el día en que tomé la determinación de no tener automóvil. Hasta entonces lo de tener utilitario lo había considerado como unanecia imposición de estos tiempos necios. Sin embargo, el episodio me hizo cambiar de opinión hasta el punto de que fue la primera vez que miré a mi contrabajo como a un pesado lastre. Recuerdo que lo metí en el estuche con desdén, como el que se deshace para siempre de un inútil armatoste, que dejé caer la tapa y que por un momento tuve la inverosímil impresión de que con aquella acción tancotidiana que había realizado infinitas veces, se cerraba también una apuesta. Me sorprendió, a pesar de los nervios, la parsimonia con que me puse el abrigo sobre el antebrazo, me clavé el sombrero y me dirigí a la estación. Fue entonces cuando empezó a llover.
Opté por la línea nocturna por pura precaución. El autobús era el único medio de transporte que garantizaba cierto margen en los horarios yofrecía la mejor opción para que el contrabajo no sufriera desperfectos. Pocas horas antes, el tipo que me despachó el billete me aseguró que habría poco personal que se aventurara a viajar por carreteras comarcales en una noche de perros como esa, y que podría llevarlo en uno de los asientos de atrás, sin ningún problema. «Con toda probabilidad, el chófer no pondrá impedimento alguno», recalcó. Luegome sugirió agitado, sacando la cabeza por la ventanilla como un cachorro de perro, que podría matar el tiempo en los quioscos. Acepté el consejo con agrado, bebí un par de cafés y apuré unos cigarrillos mientras ojeaba la prensa; pero de nuevo me invadió la sensación de que me hallaba en un momento inapreciable. Recordé a Sara, a la que había deseado en otro tiempo, y a Luis y Fernando, dosviejos amigos con los que frecuentaba los pubs de jazz, y de los que no me había despedido, y me figuré que mi repentina desaparición les preocuparía; pensé no decirles nada y mantenerlos en vilo. Reconozco que fue una ocurrencia a medio camino entre las bromas pesadas y la crueldad refinada, pero todo quedó en una mera intriga. Apagué la colilla con la punta del zapato y marché hacia el andén. Lahumedad aún no había mitigado el olor de los vapores de anhídrido vespertinos y sentí una leve náusea; me fijé en el tragaluz de la bóveda central y en los pequeños ventanales que salpicaban las paredes laterales en que rebotaban las embestidas del viento y la lluvia torrencial. En uno de los zócalos, alguien había apilado cartones y botellas como en provisión. Había también algo de ropa. Aligeré elpaso porque el reloj apresuraba. Era la hora y, aparte del conductor, estábamos cuatro. Lo saludé atentamente y al subir, señaló el número de mi asiento en un croquis. A duras penas, el contrabajo logró pasar por el corredor. Uno de los viajeros me ayudó a llevarlo en volandas. Luego bromeó con el peso y con la posibilidad de que en el estuche se escondiera un cuerpo descuartizado. Apenas sonreí,pero me tomé a bien el sarcasmo porque lo achaqué a mi aspecto lúgubre y desfasado. El contrabajo lo puse al final, junto con la maleta y las prendas de abrigo; me senté, saqué el billete y leí de nuevo las señas del conservatorio.
Durante el trayecto di varias cabezadas, pero el viaje me resultó largo y cansino. Ni siquiera los temas de Ron Carter me distrajeron del aburrimiento. Era una noche...
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