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EL LOCO
ESTERO
Alberto Blest Gana
“Uso Exlusivo Vitanet,
Biblioteca Virtual 2004”
I
Aquel día, bien que no era fiesta, los dos chicuelos vestían el traje de los domingos. Se
encontraban sentados a la mesa con estudiada compostura, sin hacer gran caso de la
conversación de las personas grandes que ocupaban la testera. Pero a pesar de la ansiosa
distracción en que aquel espectáculo losmantenía, ni uno ni otro dejaba sentir sobre ellos,
como se siente el fuego de un rayo de sol sobre el rostro, el reflejo autoritario de los ojos
paternos, que los requería a estar atentos a lo que hablaban sus mayores.
Más osado que el primogénito, el menor de los chicos extendió con disimulo una mano
hacia un canastillo de fresas, primicia de la estación, que, entrelazadas con flores, lofascinaban con su rosada frescura.
-Javier, no toques las frutillas, no hijito -le ordené, desde la opuesta extremidad, la voz de la
madre, con dulzura.
-Si vuelves a desmandarte, no irás esta tarde a la Cañada -amenazó la voz del padre, con
severidad.
Javier bajó la frente, fingiendo arrepentimiento, pero sus ojuelos pardos formulaban al
mismo tiempo la protesta muda de su altiva voluntad.
-Yavez que Guillén está quieto -agregó la madre, para suavizar la aspereza de la
conminación paternal.
Con el elogio de su madre, un vivo tinte de carmín coloreó el rostro del mayor de los niños.
El, más bien que su hermano, parecía el delincuente. La mirada de sus grandes ojos azules
daba a su fisonomía la seriedad casi tímida de los precoces soñadores.
Una voz de los grandes invocó indulgenciapara Javier:
-Déjalo, María, que tome una frutilla. Hoy es día de regocijo general, y es preciso que todos
estén contentos.
-¿No ves mamá, lo que dice tío Miguel? -exclamó triunfante el niño.
-Cuando lleguemos a los postres -pronunció, con sentencia definitiva, el papá.
El chico no se desconsoló con ese fallo inapelable.
Sabía que cuando estaban convidados don Miguel Topín y su mujer, doñaRosa, dos
personas plácidas, aquejadas de excesiva gordura, un ambiente de bondad contagiosa
parecía sentirse en torno a ellos, templando el rigor de la
disciplina del hogar. Para los chicos, don Miguel y doña Rosa eran los dioses tutelares de
sus infantiles alegrías. Cuando llegaban, jueves y domingos, en la noche, a jugar la malilla,
el fastidioso y soñoliento estudio de las lecciones sesuspendía.
Pero aquel día, los esposos Topín estaban convidados a almorzar. En su agasajo a ellos, la
cazuela y el ajiaco diarios habían cedido el puesto a los platos favoritos de la pareja. Al
contemplar las viandas, las frutas y los dulces, don Miguel y doña Rosa habían cambiado
una mirada beatífica de común satisfacción. Ambos parecieron saborear de antemano las
delicias culinarias queprometía la mesa.
Al principio los esposos 10pm sólo contribuían a la conversación con monosflabos escasos,
con sonrisas entendidas, con aquiescencias de cabeza, para no apresurarse en su
concienzuda masticación; un acto para ellos de suprema gravedad.
El incidente causado por la intentona de Javier sobre el canastillo de fresas ocurrió después,
cuando ya, medio satisfecho el vigoroso apetito,había empezado don Miguel a disertar
sobre los acontecimientos de que la fiesta de aquel día iba a ser el pomposo epilogo.
Una partida de pueblo, marchando en derredor de una banda de músicos, pasaba en ese
instante por la calle. En acordes de dudosa precisión, pero de un ardor digno de suerte más
armónica, la banda lanzaba al aire, en notas de primitiva decadencia, la canción de Yungay,
obramusical de circunstancia, debida a la inspiración del maestro Zapiola, un compositor
chileno.
Los habitantes de la casa, situada frente al antiguo cuartel de artillería, al pie del cerrito
convertido ahora en espléndido jardín, habían acudido con sus huéspedes a la puerta de
calle. Al mismo tiempo, otras cuatro personas llegaban también del interior de la casa,
atraídas por el canto y por la...
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