Jairo anibal niño

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  • Publicado : 5 de noviembre de 2010
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J a i r o A n i b a l N i ñ o

Nació en Moniquirá, Boyacá, en 1941. Incursionó primero en las artes plásticas y en la pintura. Fue miembro del grupo de pintores La Mancha. Posteriormente fue actor, director de teatro, titiritero y dramaturgo. Ha sido profesor universitario y director de grupos universitarios de teatro. Sus obras El golpe de Estado, El monte Calvo y Las bodas delhojalatero o El baile de los arzobispos, han sido merecedoras de varios premios. Entre sus guiones para cine se destacan Efraín González, ganador en el concurso de guiones para largometraje argumental convocado por Focine, y El manantial de las fieras. Ha escrito cuentos para adultos como Toda la Vida, conjunto de relatos cortos, y Puro Pueblo. Entre sus obras para niños se destacan: Zoro, ganadora delPremio Enka de Literatura Infantil en 1977. De las alas caracolí, Dalia y Zazir, Razzgo, Indo y Zaz, entre otras; y los libros de poemas La alegría de querer y Preguntario.

El relato escogido para esta Antología de los mejores Relatos Infantiles hace parte del libro El Quinto Viaje, edición bilingüe publicada por Tres Culturas Editores en conmemoración al Quinto Centenario del Descubrimiento deAmérica. Es una edición de lujo con ilustraciones de Jorge Orduz.



El Descubridor del Mar del Sur

A sus oídos llegó un rumor como el que levantaría una poderosa conversación de pájaros. Luego percibió un resplandor azul detrás del cerro.

Vasco Núñez de Balboa detuvo la marcha de su tropa. Desmontó y lentamente levantó la cabeza en dirección de la cima erizada de arbustos espinosos.Desde allí tendría la fortuna de ver las aguas del nuevo mar. El sería el primero en vislumbrarlo y reclamaría la gloria de su descubrimiento.

Ese sueño había estado navegando tercamente en su ánima desde el día en que un indio le habló de un océano tan grande como el mundo, que estaba en algún lejano lugar del occidente, detrás de las montañas.

Vasco Núñez, ante esa noticia, sintió en sucorazón de tahúr que un as de oros había llegado a su mano y se dispuso a jugarlo de la mejor manera posible, con el fin de ganarle esa partida al destino.

El juego había sido largo, sangriento y azaroso. En una ocasión, una india con figura de sota de copas estuvo a punto de matarlo al ofrecerle una vasija con licor emponzoñado, y no podía olvidar el abrazo de la gigantesca boa que, como unsinuoso as de bastos, intentó estrangularlo.

– ¿Lo acompaño? – preguntó con ansiedad el clérigo Andrés de Vera.

– No. Todos ustedes esperan en este lugar. Me pertenece el derecho de que mis ojos sean los primeros en ver el mar del Sur y descubrirlo.

El perro Leoncico lanzó un gruñido sordo y Vasco Núñez de Balboa sonrió al comprobar que su bestia lo estaba respal-dando.

El enorme animal secolocó frente a la tropa y se echó en el suelo. Leoncico era uno de los más despiadados combatientes españoles. Un escribano puntilloso que los acompañaba y que tenía la manía de contabilizarlo todo, ya había perdido la cuenta de los indios caídos bajo sus dentelladas. El animal crecía todos los días en astucia y en fiereza. Sus dientes habían adquirido un ominoso color rojo. Sus fauces abiertasmostraban dos amenazantes hileras de rubíes afilados.

– Cristóbal Colón descubrió una nueva tierra. Yo voy a descubrir un nuevo mar. Ojalá un hijo mío descubra un nuevo cielo – dijo Núñez de Balboa al emprender el ascenso.

Los miembros de su tropa permanecieron inmóviles. El viento sopló con fuerza y trajo agridulces perfumes de la selva.

– Huele a mujer pichona – susurró un soldado.

–Huele a presentimientos – musitó otro.

– No. Lo que olfateamos es el rico sudor del oro – dijo el clérigo.

Andrés de Vera, alto y flaco, tenía la sotana arremangada y sujeta a la cintura con un bejuco de agua. Completaba su atuendo un casco de fierro, botas altas y un gran crucifijo de acero que pendía de su cadera como una espada. Cayó de rodillas y cuando los demás lo imitaron, comenzó...
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