La batalla del pasado- primer capítulo

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La venganza de Gerd
I
Hace muchos años, en Atenas, mi vida era ciertamente
más incómoda y hermosa que ahora. No
pretendo hacer comentarios generales, porque quisiera
hablar solo de unos pocos hechos y de dos personas
que, en realidad, son la misma. Me limitaré a recordar
el comienzo del verano de 1950, una noche en la que
yo me alejaba junto a Gerd por una calle vieja y oscura.
Es ciertoque yo era muy joven por aquella época y quizá,
por eso, fácilmente impresionable. Pero ella actuaba
esa noche con la mesura de siempre, una mesura que
escondía, detrás de ciertas contracciones de la cara, la
sombra de un remoto sufrimiento.
Caminábamos en dirección a su casa, y aún hoy
puedo verme, desapareciendo con ambigüedad física,
como si fuera una pieza elegante en un escenario.Gerd representaba perfectamente mi vida de entonces.
Era profesora de idiomas en un instituto de alguna
importancia cerca del centro de la ciudad. Apenas
llevaba tres años en Grecia y venía de Oslo. Era una
exilada como yo.
Alta y de cabello rubio, esa noche parecía una brillante
fotografía en movimiento, una figura transparente
y neutral. Pero advertí que en esa ocasión tenía una
sombrainsegura en sus gestos que le daba, como pocas
veces, una sensación de proximidad: sus labios dudaban,
con esos rasgos invisiblemente quebrados, previos
a la confesión; quisiera que quede bien sentado que ella
muy rara vez había exhibido alguna de sus viejas heridas
y menos aún alguna preocupación nueva. Sin embargo,
esa noche, por primera vez, parecía vacilar.
De pronto me explicó, con todanaturalidad, que
estaba embarazada. Lo sabía desde unos días antes y ya
tenía tomada una decisión.
Con una voz paciente agregó que había decidido
dejar que naciera. Estábamos por llegar a la puerta de su
casa. Le propuse verla unos días después, y aceptó con una
sonrisa que al mismo tiempo le sirvió para despedirse.
II
El miércoles la encontré en el lugar convenido y decidimos
pasar elrato en un viejo bar del centro. Hablábamos,
como muchas otras veces, de música. Aquella vez
recuerdo que discutimos si Furtwängler había comprendido
mejor el espíritu de la Séptima Sinfonía que el fatídico
Von Karajan. La discusión se prolongó y enlazó
luego con unas antiguas melodías populares griegas que
habíamos escuchado la semana anterior. Pedimos otros
dos vasos de vino. Luego de unbuen rato me contó acerca
de su día de trabajo; me explicaba muy razonablemente
la conducta de un alumno, sus posibles causas y su
diferencia con el tipo de alumnos escandinavo. Por fin
le pregunté sobre su embarazo. Permaneció en silencio
algunos segundos mientras un grupo de parroquianos
se reía al fondo. Me miraba ahora con una apariencia helada,
como una estatua que sangrara levemente.—Bien —murmuró—. Supongo que como buen latino
me obligarás a decirte si eres el padre.
No había desdén en su tono, no había orgullo ni resentimiento.
Como de costumbre, era voz neutral, tan
solo un sonido agradable y limpio. Y sin embargo, yo
siempre había creído en una oscura pasión escamoteada,
oculta como una moneda detrás de esas magníficas telas.
—Es probable que seas el padre de todos losmodos
—dijo ella levantando la cabeza.
—Puedo darte dinero si lo quieres —declaré con
suavidad.
Bebió un sorbo y se quedó contemplando el vacío.
Tenía una expresión lejana y casi satisfecha.
—Lo último que quieres es tener un niño. Hace falta
una confianza y una clase de ternura que no tienes
—murmuré con violencia.
—Lo he pensado durante varios días y sería imposible
reunir el dinero.Al menos debo esperar.
Sus manos habían encendido un cigarrillo. Movió
la cabeza para ver pasar a unos parroquianos. Luego
volvió a tomar un sorbo de vino y dejó que su atención
se perdiera en una de las ventanas. La miré como si fuera
un hermoso objeto, divisado a la distancia.
—Quiero ser yo misma —dijo de pronto—. Con mi
dinero, mis gestiones y mi decisión, quiero ser yo misma
la...
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