La loca de gandoca

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Herminio era un muchacho fuerte y alegre, de pelo negro y abundante y bigotillo ralo recortado. Esa era su arma, decía él, para enamorar. Y enamorar llamábamos entonces, salir a Limón con unos cuantos pesos, después de meses de abstinencia y de trabajos, a revolearnos con las prostitutas.
Nos encontramos en Andrómeda, lugar solitario y triste, terminal del ferrocarril de La Estrella. Yo habíasudado en toda clase de trabajos; él también. Y los dos éramos felices en el río zambulléndonos detrás de los bobos y machacas, cuando nos lográbamos robar alguna candela o cartucho de dinamita para probar la suerte en los remansos. No había poza profunda para nosotros, ni corriente que nos pudiera dominar. Por eso, tal vez, ios hicimos tan amigos.
Había bastante trabajo en Andrómeda. La Compañíanecesitaba abrir una troch a inmensa, a través de la montaiia, rompiendo rocas a la orilla del río, haciendo rellenos y tendiendo puentes, para lleve r un tranvía hasta la selva virgen y pantanosa, buena para el cultivo del banano, y habilitar de paso unas plantaciones abandonadas hacía algunos años, cuando el río arrastró el antiguo tranvía. Urgía el trabajo, y el tútile Bertolazzi, un ingenieroal servicio de la Compañía, corría en su muía para arriba y para abajo vigilando los trabajos, dando instrucciones a los contratistas, sacando medidas y carajeando de paso a todo el mundo, blancos y negros, en inglés, italiano y español.
Nosotros trabajábamos con cabo Pancho, un nica de calzas de oro en los dientes, alto y blanco y bastante joven todavía. Era hombre que sabía escoger su gente,toda buena para el trabajo, y el único contratista que la sabía hacer trabajar sin protestas ni reclamos: con él teníamos más comida y de mejor calidad, un peso cincuenta más en el jornal, trato amable, y no se andaba con remilgos para ayudar al peón con su dinero; a pesar de eso, era el que más dólares se echaba a la bolsa y el que mejor y más pronto terminaba los trabajos. Era un contratistaexcepcional.
Generalmente a las tres y media de la mañana, estuviera lloviendo o no, se oía la voz clara de cabo Pancho llamando a su gente:
— ¡Arriiba, muchaaachos! ¡Se hace tarde y ya está la mesa pueeestaa!
Nos levantábamos bostezando, nos dábamos una enjua-gadita con el agua del calabazo, y todavía restregándonos los ojos íbamos llegando al campamento del cabo. Este se paseaba, preocupado,por el corredor, metido en sus grandes i botazas que le llegaban hasta la rodilla y con el Stetson 1 echado para atrás. J
—¿Qué le pasará a esa gente? —murmuraba. Y un momento después se dirigía a los oscuros campamentos.
Nosotros entrábamos a la sala-comedor, alumbrada por una lámpara de tubo, y nos sentábamos en la banca, frente a la larga mesa en la que ya humeaban los platones de bananossancochados. Desde la cocina llegaba la vocecilla tímida y dulce de la patrona:
—Buenoj, díaj, muchachoj.
—Buenos días, patrona.
Hablaba despacio, acentuando graciosamente el peculiar dejillo de los nicas, que no se le notaba a cabo Pancho a pesar de ser paisanos. Era muy blanca, bajita, de ojos claros y rasgados y piel tersa que ya comenzaba a manchar la inclemencia del clima. A primeravista se notaba que estaba acostumbrada a otra vida: venía de la Segovia y había abandonado a su familia de ricos hacendados para seguir al hombre que quería. Y allí estaba trabajando como una muía, cocinando para los veinte peones de su hombre. A las cuatro de la mañana debía estar la burra lista para todos; a las doce el almuerzo; a las seis, la cena. Y le quedaba tiempo para chinear la chiquita ypara hacer las conservas y jaleas que nosotros le comprábamos. Un día se atrasó unes minutos la pobre con el almuerzo. El cabo no dijo nada. Cuando ya almorzados nos retirábamos, oímos los gritos de la mujer en la casa. Acudimos presurosos y nos costó trabajo quitarle el machete con que intentaba darle, después de haberla puesto en el suelo a puntapiés.
Poco a poco iban llegando todos. El viejo...
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