La noche del buque naufrágio

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  • Publicado : 5 de diciembre de 2011
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La noche del buque náufrago
BETOSCORPION
Peregrino de todos los mares; marinero de todos los puertos; noctámbulo de todas las noches…decidí sucumbir para siempre.
Nada sobre la Tierra permanecía oculto para mí; la inmensidad azul o negra de los océanos; la bienvenida alegre de las ciudades blancas; la línea recta y excitante de las costas tropicales; los acantilados con sus cavernas demonstruos; las bahías aceitosas y grises de los mares africanos; las cordilleras más altas –peladas unas, otras azules de misterio–; los amaneceres radiantes; los crepúsculos lánguidos; las tempestades, la inercia, el estruendo, la piedad y la gula, la lujuria y las auroras boreales.
De día, como un meteoro, he surcado los mares, arrullando a los hombres. De noche, como un palacio iluminado, hevelado su sueño. He transportado de un extremo a otro del planeta las mercancías más exóticas: del trópico, vainilla, azúcar y piedras preciosas; de los climas templados, aceite, nueces y vinos; de las crestas heladas, maderas sólidas y pieles. Conozco el uranio, la seda, la morfina y la dinamita; el champagne, el plomo y el éter. He tenido entre mis brazos a hombres de todas razas; he escuchadolenguas de todas las latitudes. He sido testigo de los ritos más paganos, de los más obscuros raptos. Innúmeras veces lleve conmigo al amor, a la muerte y a la esperanza.
Ancianos de barba plateada se apoyaban junto a mi borda, mirando al mar con ojos ahítos; niños de mejillas frescas y triunfales animaban mi ruta; músicas de genios ausentes retumbaban en mis entrañas; visionarios de mil idealesocultos se tendían sobre mi proa, pretendiendo descifrar cada cual su enigma; amantes de carnes febriles o yertas, consumaban el acto genésico; científicos, aventureros, cortesanas ricas y toxicómanos envilecidos recorrieron sin cesar mis cubiertas; caballos de pura sangre, reptiles, y bacilos destinados al laboratorio compartieron mis inquietudes. Transporté una locomotora y un ramo deorquídeas; un niño recién nacido y un moribundo; un banquero y un poeta; una reina y un prófugo. Conozco todos los vicios del hombre; las brumas de la justicia; el orden de los astros. Lo conozco todo y decidí sucumbir.
Fue una noche clara, muy tibia.
Ha tiempo me asediaba el terror, la congoja, todos esos sentimientos pestilentes que agitan al hombre en cuanto la vejez se acerca. Una sensacióninexplicable –mezcla de tedio y nostalgia por la juventud extinguida– me oprimía, rumbo a las playas de Asia. Navega yo, pues, ausente, extraño a mí mismo, como un carricoche cualquiera que rueda a merced del caballito que tira de él. No ansié nunca ser inmortal, porque ello presupone el hastío. Tampoco temí jamás a la muerte.
En cambio, me lleno siempre de cruel la vejez. La decrepitud de unbarco es el espectáculo más monstruoso que pueda darse. La decrepitud de un ser triunfante en la Naturaleza solo tiene un paralelo: el rio, que, al secarse, muestra sin pudor alguno su ridícula osamenta. En un tiempo, sus aguas profundas y verdes consentían el secreto de toda belleza; hoy, sobre sus piedras ardientes, cantan los grillos feos, los sapos y, millones de moscas ventrudas olfatean yengullen el excremento de los asnos.
Mi terror, por consiguiente, era justificado.
No deseaba yo –viajero de lunas y soles– verme arrumbado en un muelle de fuego, bajo una luz extenuante, retorcidos mis músculos en siniestras contorsiones, como un epiléptico en el desierto inútil. No deseaba ser ruina, guarida de aves y teatro de experimentos marinos. Pronto el metal de mis herrajes se cubría demoho; mis mástiles se inclinarían como arboles sin savia; se crisparían mis maderas finas; y mis tres chimeneas paralelas serian como tres cruces gigantes sobre la tumba de un millonario. Deshabitado, absurdo, no tenía más valor que una reminiscencia. Imitaría, imperfectamente, sobre el fondo del olivo mar, uno de esos esqueletos antediluvianos que despertarían en los museos la ansiedad de las...
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