La vida simplemente

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  • Publicado : 16 de agosto de 2012
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El tren de los mineros pita tres veces cuando las primeras casas de potreros libres, viene a estrellarse en ella como en un gris tajamar. Hay paredes ruinosas por todas partes; perros echados al descuido sobre la tierra caliente; matas de zarzamoras, yuyos, achicorias y un agua que corre pesadamente por sobre un lecho de cieno. El viento del invierno zumba y suba en los alambres que van por ellado de la línea. Y éste es el latido de la calle, su pulso quejumbroso.
Entre las casas, hay una pintarrajeada de amarillo y café, con un farol de lata y vidrios
azules colgando a su puerta. Hacia adentro sigue un pasadizo que desemboca en una vasta sala. El piso está cubierto por una alfombra llena de roturas. Hay un piano veteado de Manchas, con un candelabro de menos y unas teclas ahumadas yfúnebres. En las paredes Pintadas con carburo cuelgan viejas litografías que representan escenas de amor. La luz es Sucia, grasosa y cae como una desgracia sobre las sillas de tapiz raído y chillón, arrancando Aquí y allá una hebra de brillo mortecino.
De esta casa salen por la noche carcajadas, cantos, discusiones. A veces, unos gritos, unos
Insultos tremendos, un quebrarse de vasos o botellas.Pero el piano vuelve a sonar y pronto Empieza de nuevo el canto. Alguno está tirado por ahí, en un rincón, durmiendo
Obligadamente su borrachera. Alguno salió hacia la noche, maldiciendo. Alguno se quedó
Boca arriba, inmóvil bajo las estrellas, con un tajo en el pecho. Cuando esto último sucede,
La calle se llena con un ruido de sables y de cascos. El sargento Godoy, pesado, coloradote, Destacasu corpachón inmenso bajo la chorreadura azulosa del farol. Rebrillan los botones En su pecho abombado y repiquetean sus firmes espolines. De la casa van saliendo mujeres Ebrias, clientes que vociferan, guardianes que amenazan con sus revólveres. La vieja Linda, Dueña del prostíbulo, echase un chal de lana sobre los hombros y es la última en abandonar La casa, como el capitán de un barco que sehunde. Ya en la puerta, imparte las Instrucciones finales al Saucano, su hijo, un pivote de catorce años que mira con ojos Sesgados y huidizos a los policías.
—Si viene gente —le encarga— dile que vuelva mañana, porque yo ando en la comisaría
Con las chiquillas... Y no se te olvide de cerrar.
Después se vuelve hacia el sargento:
-¿Vamos andando, Bernardo? El cortejo prosigue calle abajo, endirección al cuartel de policía.
Al día siguiente, el piano está sonando de nuevo y órense adentro los gritos de siempre.
La vieja Linda es amiga de los mineros. Allí llegan todos, ansiosos de vino y mujeres, tras
Pasarse ocho o diez meses en los socavones amargos de humo y tinieblas. Traen plata, y
Ella sabe dominarlos con su palabra fácil y jugosa:
—Engreído te habías puesto, niño. Hacía tiempoque me estaba acordando de vos. Y aquí
Las niñas comenzaban a echarte de menos.
Ofrece generosamente al ingrato un trago por su cuenta, como quien echa una carnada, y al
Fin los billetes vienen a caer, arrugados y grasientos, en la cartera de cuero que duerme
Entre sus flácidos pechos.
—A ver, Hortensia, cántale al Vito.
El salón se anima con su presencia. En la mesa central se amontonanbotellas de vino y
Cerveza. Jacintito, modoso como una colegiala bien educada, toca el piano y acepta entre
Remilgos una media botella de “Pulse”. La cosa toma vigor. Se bailan cueca y vals. Llegan
Más bebedores y las mujeres a medida que ingieren alcohol, empiezan a perder escrúpulos.
—Conmigo te vas a quedar, hijito, ¿no es cierto?
Se sientan sobre las rodillas de los hombres, restregando sucarne sobajeada contra las
Manos torpes. Las bocas se besan con fingido ardor, entre risotadas, pellizcos y agarrones
Equívocos. Los mineros se dejan conquistar y vencer por las palabras cálidas de estas
Mujeres que quisieran dormir semanas o meses en vez de hallarse en este pobre salón.
Las parejas desaparecen hacia adentro, como empujadas por la voz de Jacintito que canta el
Último vals...
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