Lecciones de los maestros

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Lecciones de los Maestros
Javier Aranguren
Doctor en Filosofía, Profesor de Enseñanza Media
jaranguren@gaztelueta.com

La última obra de George Steiner que he leído se titula Lecciones de los Maestros[1]. Se trata de una reflexión sobre una dualidad que acompaña a la recepción de la tradición y de la cultura: la formada por el maestro y el discípulo. Lo que en principio se presentacomo un ensayo de corte histórico va dando pie, en especial durante los primeros capítulos, a consideraciones muy pertinentes sobre el hermoso arte de enseñar.
Como es lógico, el camino empieza con los griegos, y en seguida se centra en la posición de la sofística, la escuela en la que se dio por primera vez de un modo sistemático la presencia del maestro, la docencia como modo de vida yfuente de transmisión. Con los sofistas, como ya denunciaba Platón usando la boca de Sócrates, aparece el peligro de la corrupción: quien cobra por enseñar, ¿será capaz de seguir siendo independiente en la exposición de sus conocimientos, o acabará adaptando lo que dice a la complacencia inmediata de sus oyentes, es decir, de quienes le pagan? «¿Cómo es posible pagar por la transmisión de sabiduría,de conocimiento, de doctrina ética o de axiomas lógicos? ¿Qué equivalencia monetaria o patrón de cambio se puede establecer entre la sagacidad humana y la entrega de la verdad, por una parte, y unos honorarios en metálico, por otra?» (p. 23). Parece contradictorio que el Maestro, iluminador del camino del discípulo, le pueda presentar factura. Eso es degradante, es risible.
Señala Steinerque quizás haya que matizar: en el campo de las artes, de las artesanías, de los saberes técnicos, tiene sentido cobrar por enseñar, pues a fin de cuentas lo que se trata es de dotar de las destrezas precisas para ejercitar un oficio, un modo de desenvolverse en la vida, en el mundo del trabajo, mercado, negocio. Puede ocurrir así con la matemática aplicada, con la ejecución musical, aunque quizásno con su composición (¿escribió Bach lo que compuso por ser un asalariado? ¿Mozart para llenar un puchero? Parece que no).
No sucede así en cambio con el material filosófico, ético o cognitivo. ¿Qué vale la reflexión kantiana sobre la síntesis a priori o la doctrina aristotélica del Motor inmóvil? Cuando vemos a Wittgenstein alejarse camino de su cabaña noruega podemos intuir que laactividad del auténtico filósofo no tiene nada que ver con los índices de impacto de las revistas científicas, ni con la aplicación práctica (la patente) de (a modo de ejemplo) las Investigaciones Filosóficas. Aunque también se puede suponer que si no cobran es porque no lo necesitan, por estar cubiertos por el mecenazgo, por una institución que cuida de ellos, por la fortuna familiar (Steiner citabajo este caso a Sopenhauer).
Los hombres normales dependen en cambio de la mensualidad de la nómina, y por lo tanto deben enseñar bien en una universidad (con lo que supone de trabajo académico que asegura que se valore la propia tarea aunque suponga «renunciar al árbol verde de la vida»), bien en una escuela secundaria (impartiendo materias que no son las suyas, que no les interesan; conla atención puesta más en la disciplina que en el cultivo de la verdad; con la decepción repetida ante la apatía del alumnado o la violencia). De algo hay que vivir, aunque, ¿no supone la presencia de esa necesidad una traición al significado esencial de la tarea que se tiene entre manos?
En este punto Steiner muestra toda la brillantez de su percepción sobre la labor del educador: «Laauténtica enseñanza es una vocación. Es una llamada», y con su carácter propio se relacionan palabras como ministerio o sacerdocio. Así Jesús mismo es llamado rabbi, maestro, con toda la dignidad que se otorga de ese modo a tal palabra. El maestro es, en tantas tradiciones, alguien que merece ser venerado, porque en sus manos está la capacidad de entregar a la siguiente generación un testimonio...
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