Literatura

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  • Publicado : 13 de septiembre de 2012
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LOS HIJOS DE LA MALINCHEL

En esta lectura nos cuenta con drama y están identificadas las diferentes partes de la lectura en cambio otros libros no son capase de hacer este tipo de organizacion. También ellos, chinos, indostanos o árabes, son herméticos e indescifrables. También ellos arrastran en andrajos un pasado todavía vivo. Hay un misterio mexicano como hay un misterio amarillo y unonegro. El contenido concreto de esas representaciones depende de cada espectador. Pero todos coinciden en hacerse de nosotros una imagen ambigua, cuando no contradictoria: no somos gente segura y nuestras respuestas como nuestros silencios son imprevisibles, inesperados. Traición y lealtad, crimen y amor, se agazapan en el fondo de nuestra mirada. Atraemos y repelemos. No es difícil comprender losorígenes de esta actitud.
En casi todas las culturas las diosas de la creación son también deidades de destrucción. Cifra viviente de la extrañeza del universo y de su radical he-terogeneidad, la mujer ¿esconde la muerte o la vida?, ¿en qué piensa?, ¿piensa acaso?, ¿siente deberás?, ¿es igual a nosotros? El sadismo se inicia como venganza ante el hermetismo femenino ocomo tentativa desesperada paraobtener una respuesta de un cuerpo que tememos insensible.Porque, como dice Luis Cernuda, "el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe". A pesar de sudesnudez redonda, plena en las formas de la mujer siempre hay algo que desvelar:Eva y Cipris concentran el misterio del corazón del mundo.Para Rubén Darío, como para todos los grandes poetas, la mujer no es solamente un instrumentodeconocimiento, sino el conocimiento mismo. El conocimiento que no poseeremos nunca, la sumade nuestra definitiva ignorancia: el misterio supremo. Es notable que nuestras representaciones de la clase obrera no estén teñidas de sentimientos parecidos, a pesar de que también vive alejada del centro de la sociedad inclusive físicamente, recluida en barrios y ciudades especiales. Cuando un novelista contemporáneointroduce unpersonaje que simboliza la salud o la destrucción, la fertilidad o la muerte, no escoge, como podría esperarse, a un obrero que encierra en su figura la muerte de la vieja sociedad y el nacimiento deotra. D. H. Lawrence, que es uno de los críticos más violentos y profundos del mundo moderno, describe en casi todas sus obras las virtudes que harían del hombre fragmentario de nuestrosdías un hombre de verdad, dueño de una visión total del mundo. Para encarnar esas virtudes crea personajes de razas antiguas y no-europeas. O inventa la figura de Mellors, un guardabosque, un hijo de la tierra. Es posible que la infancia de Lawrence, transcurrida entre las minas de carbón inglesas, explique esta deliberada ausencia. Es sabido que detestaba a los obreros tanto como a los burgueses.Pero ¿cómo explicar que en todas las grandes novelas revolucionarias tampoco aparezcan los proletarios como héroes, sino como fondo? En todas ellas el héroe es siempre el aventurero, el intelectual o el revolucionario profesional. El hombre aparte, que ha renunciado a su clase, a su origen o a su patria. Herencia dekromanticismo, sin duda, que hace del héroe un ser antisocial. Además, el obrero esdemasiado reciente. Y se parece a sus señores: todos son hijos de la máquina. El obrero moderno carece de individualidad. La clase es más fuerte que el individuo y la personase disuelve en lo genérico. Porque ésa es la primera y más grave mutilación que sufre el hombre alconvertirse en asalariado industrial. El capitalismo lo despoja de su naturaleza humana lo que no ocurrió con el siervo puestoque reduce todo su ser a fuerza de trabajo, transformándolo por este solo hecho en objeto. Y como a todos los objetos, en mercancía, en cosa susceptible de compra y venta. El obrero pierde, bruscamente y por razón misma de su estado social, toda relación humana y concreta con el mundo: ni son suyos los útiles que emplea, ni es suyo el fruto de su esfuerzo. Nisiquiera lo ve. En realidad no es un...
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