Los insensatos

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Mo V. LOS INSENSATOS

Las dos grandes formas de experiencia de la locura que se yuxtaponen en elcurso de la época clásica tienen, cada una, su índice cronológico. No en elsentido en que una sería una experiencia elaborada, y la otra una especie deconciencia burda y mal formulada; cada una está claramente articulada en unapráctica coherente; pero la una ha sido heredada y fue, sin duda, uno delosdatos más fundamentales de la sinrazón occidental; la otra —y es ésta la quedebemos examinar ahora— es una creación propia del mundo clásico.Pese al placer tranquilizador que puedan encontrar los historiadores de lamedicina en reconocer en el gran libro del internamiento el rostro familiar, ypara ellos eterno, de las psicosis alucinantes, de las deficiencias intelectuales yde las evolucionesorgánicas o de los estados paranoicos, no es posible repartirsobre una superficie monográfica coherente las fórmulas en nombre de lascuales se ha encerrado a los insensatos. De hecho, las fórmulas deinternamiento no presagian nuestras enfermedades; revelan una experienciade la locura que nuestros análisis patológicos pueden atravesar, pero sinpoder, jamás, comprender en su totalidad. Al acaso, he aquíalgunosinternados por "desorden del espíritu" de los que puede encontrarse mencionen los registros: "alegador empedernido", "el hombre más pleitista", "hombremuy malvado y tramposo", "hombre que pasa noches y días aturdiendo a lasotras personas con sus canciones y profiriendo las blasfemias más horribles","calumniador", "gran mentiroso", "espíritu inquieto, depresivo y turbio". Es inútilpreguntar si se trata de enfermos y hasta qué punto. Dejemos alpsiquiatra el trabajo de reconocer que el "turbio" es un paranoico o dediagnosticar una neurosis obsesiva en este "espíritu desarreglado que se haceuna devoción a su modo". Lo que está designado en esas fórmulas no sonenfermedades, sino formas de locura percibidas como el caso extremo dedefectos.
Como si, en el internamiento, la sensibilidada la locura no fueraautónoma, sino ligada a cierto orden moral en que sólo aparece comoperturbación. Si se leen todas esas menciones, colocadas ante el nombre deinsensato, se tiene la impresión de encontrarse aún en el mundo de Brant o deErasmo, mundo en que la locura dirige toda una ronda de defectos, la danzainsensata de las vidas inmorales. Y, sin embargo, la experiencia es distinta. En1704 esinternado en Saint-Lazare cierto abad Bargedé; tiene 70 años y hasido encerrado para "ser tratado como los otros insensatos"; "su principal ocupación era prestar dinero con gran interés, y medrar con las usuras másodiosas y más denigrantes para el honor del sacerdocio y de la Iglesia. Fueimposible convencerlo de que se arrepintiera de sus excesos y de que creyeraque la usura es un pecado. Élconsidera un honor ser avaro".
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Ha sidocompletamente imposible "descubrir en él algún sentimiento de caridad".Bargedé es insensato, pero no como los personajes embarcados en la
Nave de¡os locos,que lo son en la medida en que han sido arrastrados por la fuerzaviva de la locura. Bargedé es insensato no porque haya perdido el uso de larazón sino porque, como hombre de iglesia, practica la usura, nodemuestraninguna caridad ni siente ningún remordimiento, porque ha caído al margendel orden moral que le es propio. En ese juicio, lo que se revela no es laimpotencia a expedir finalmente un decreto de enfermedad; tampoco es unatendencia a condenar moralmente la locura, sino el hecho, sin duda esencialpara comprender la época clásica, de que la locura se vuelve perceptible paraél en la forma de laética.En sus límites, paradójicamente, el racionalismo podría concebir una locuradonde la razón ya no estuviera perturbada, pero que se reconociera en quetoda la vida moral estuviera falseada, en que la voluntad fuese mala. Es en lacalidad de la voluntad y no en la integridad de la razón donde reside,finalmente, el secreto de la locura. Un siglo antes de que el caso de Sadeponga en duda la...
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