Martir de las catacumbas

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  • Publicado : 26 de enero de 2010
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Cruel carnicería para jolgorio de los romanos.

Era uno de los grandes días de fiesta en Roma. De todos los extremos del país las gentes convergían hacia un destino común. Recorrían el Monte Capitolino, el Foro, el Templo de la Paz, el Arco de Tito y el palacio imperial en su desfile por las innumerables puertas, desapareciendo en el interior.
Allí se encontraban frente a un escenariomaravilloso: en la parte inferior la arena interminable se desplegaba rodeada por incontables hileras de asientos que se elevaban hasta el tope de la pared exterior que bordeaba los cuarenta metros. Aquella enorme extensión se hallaba totalmente cubierta por seres humanos de todas las edades y clases sociales. Una reunión tan vasta, concentrada de tal modo, en la que solo se podían distinguir largas filasde rostros fieros, que se iban extendiendo sucesivamente, constituían un formidable espectáculo que en ninguna parte
del mundo ha podido igualarse, y que había sido ideado, sobre todo, para aterrorizar e infundir sumisión en el alma del espectador. Mas de cien mil almas se habían reunido aquí, animadas de un sentimiento común, e incitadas por una sola pasión. Pues lo que les había atraído a estelugar era una ardiente sed de sangre de sus semejantes.

Jamás se hallara un comentario mas triste de esta alardeada civilización de la antigua Roma, que este macabro espectáculo creado por ella.
Allí se hallaban presentes guerreros que habían combatido en lejanos campos de batalla, y que estaban bien entrenados de lo que constituían actos de valor; sin embargo, no sentían la menor indignaciónante las escenas de cobarde opresión que se desplegaban ante sus ojos. Nobles de antiguas familias se hallaban presentes allí, pero no tenían ojos para ver en estas exhibiciones crueles y brutales el estigma sobre el honor de su patria.

A su vez los filósofos, los poetas, los sacerdotes, los gobernadores, los encumbrados, como también los humildes de la tierra, atestaban los asientos; pero losaplausos de los patricios eran tan sonoros y ávidos como los de los plebeyos. ¿Que esperanza había para Roma cuando los corazones de sus hijos se hallaban íntegramente dados a la crueldad y a la opresión mas brutal que se puede imaginar? El sillón levantado sobre un lugar prominente del enorme anfiteatro se hallaba ocupado por el Emperador Decio, a quien rodeaban los principales de los romanos.Entre estos se podía contar un grupo de la guardia pretoriana, que criticaban los diferentes actos de la escena que se desenvolvía en su presencia con aire de expertos. Sus carcajadas estridentes, su alborozo y su espléndida vestimenta los hacían objeto de especial atención de parte de sus vecinos. Ya se habían presentado varios espectáculos preliminares, y era hora de que empezaran los combates.Se presentaron varios combates mano a mano, la mayoría de los cuales tuvo resultados fatales, despertando diferentes grados de interés, según el valor y habilidad que derrochaban los combatientes. Todo ello lograba el efecto de aguzar el apetito de los espectadores, aumentando su vehemencia, llenándoles del mas vivo deseo por los eventos aun mas emocionantes que habían de seguir. Un hombre enparticular había despertado la admiración y el frenético aplauso de la multitud. Se trataba de un africano de Mauritania, cuya complexión y fortaleza eran de gigante.
Pero su habilidad igualaba a su fortaleza. Sabia blandir su espada con destreza maravillosa, y cada uno de los contrincantes que hasta el momento yacía muerto. Llego el momento en que había de medirse con un gladiador de Batavia,hombre al cual solamente El le igualaba en fuerza y estatura. Pero los separaba un contraste sumamente notable. El africano era tostado, de cabello relumbrante y rizado y ojos chispeantes; el de Batavia era de tez ligera, de cabello rubio y de ojos vivísimos de color gris. Era difícil decir cual de ellos llevaba ventaja; tan acertado había sido el cotejo en todo sentido.

Pero, como primero había...
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