Mi abuelo se llamaba martín

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  • Publicado : 10 de septiembre de 2012
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Mi abuelo se llamaba Martín. Esta es la historia de su vida. Pude haberla narrado de manera trágica, pues él fue una de las víctimas del primer genocidio del siglo XX.

Sin embargo, decidí rescatar lo bueno que hubo en ella, y recrearla en una especie de anecdotario, fruto de una mirada diferente, la mía, que a través de estas líneas, nos une a los dos como protagonistas.

Hombre detemperamento fuerte, arraigado a sus convicciones, falleció a los setenta y cinco años de edad, cuando yo tenía dieciocho. Aquel fue mi primer encuentro cercano con la muerte.

Oriundo de la región de Sebinkarahisar, cuando alguien le preguntaba de dónde provenía, orgulloso señalaba que su tierra natal era la misma que había acunado al valiente general Andranik, dedicado a la lucha por la liberaciónde Armenia. Pero hace poco descubrí que, a pesar de su sangre armenia, el pasaporte lo había transformado en ciudadano búlgaro. Por entonces, Bulgaria, al igual que otros países, daba cobijo a muchos exiliados armenios que escapaban dela masacre perpetrada por los turcos a principios del siglo pasado. Vivió en aquel país hasta cumplir los diez años de edad. A partir de ese momento, su vida cambiaría de rumbo. Un nuevo destino lo esperaba: la Argentina, “tierra prometida”. Embarcado en tercera y comiendo fideos durante un mes seguido él, sus padres y su hermana arribaron al puerto de Buenos Aires, allá por el año 1923, “conlo puesto”.

De padre lustrabotas y madre lavandera, se vio obligado a trabajar desde muy chico. A los trece, conoció la calle. La necesidad de sobrevivir lo llevó a armarse de paciencia y perseverancia para salir a pregonar, vaya uno a saber, con qué penas y qué ilusiones: “Vendo beine beineta… jabón jaboneta…”.La “Misteriosa Buenos Aires”, de Manucho Mujica Laínez, fue testigo. Vendía ballenitas, peine grueso y peine fino para los piguyis, contenidos todos estos elementos en una suerte de exhibidor que no era sino otra cosa que una lata vacía de dulce de batata, sostenida por dos de sus extremos con un cordón grueso que se pasaba por el cuello y quedabacolgando, apoyada sobre su panza.

Autodidacta. Con tercer grado llegó a leer y a hablar a la perfección el castellano. Todos los días ojeaba el diario para mantenerse informado. Y le encantaba escuchar a Gina María Hidalgo. Tenía predilección por la literatura popular francesa: “Los Miserables” de V. Hugo y “Las Aventuras de Rocambole” de V. A. Ponson duTerrail. Me pregunto ¿por qué esa preferencia por las historias de ex convictos redimidos y huérfanos desamparados? ¿Tal vez algún disparador lo habría llevado a identificarse con estos personajes? No lo sé. Puede que sí, puede que no, lo más seguro es quién sabe. Ante la duda, no obstante, nunca falta algún pariente que quiere adjudicarse el saber loque el otro no sabe acerca de…con el afán de desasnarnos: “¿Fue así…?.” “No, me parece que no.” “Ah, sí ahora que recuerdo, puede ser… “La tía afirmaba que él….” Estuvo en Devoto, sí. Pero en un sector “vip”, junto a otros comerciantes. “Fue en gana bor ajo” en términos de mi tío, intentando significar con ello, que “fue a parar encana por agio y especulación”, al negarse a vender mercadería “Flor de ceibo”. Flor de susto se llevó cuando lo vinieron a buscar, aunque no lo demostró. En el par de días que estuvo preso, lo trataron muy bien decía. Eso sí, le exigían prolijidad, cosa que no le costaba mucho porque era meticuloso. Los estantes estaban llenos de comida envasada. Ellos debían lavar los utensilios que...
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