Moral y sexualidad

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El misterio de la sexualidad: Entre la máscara del deseo y el rostro del amor - Juan José Pérez Soba
sábado, 14 de noviembre de 2009 12:58


Un especialista psiquiatra, director del centro sanitario de una universidad americana, nos cuenta que unas muchachas estudiantes que vivían en promiscuidad le habían contestado, al preguntarles sobre el tema, que, sencillamente, les resultabademasiado molesto el negarse: "It's just too much trouble to say No".» (Pieper, 1980, p. 535; Halleck, 1967, p. 22).
Desde luego, no nos asombra la situación de una sexualidad vivida sin orden alguno, sin ninguna referencia fuera de su misma realización. Es un modo de vivir que desde los años sesenta se ha extendido de múltiples maneras y en algunos ámbitos se tiene por «normal». Lo que llama laatención es la razón tan banal que se aduce aquí y que se comprende fácilmente que podría ser la misma en otros muchos casos. La pobreza con la que refiere al sexo sí que hace surgir un interrogante: ¿cómo se puede llegar a nivel social a tal desvalorización de la sexualidad?
Hay una primera respuesta muy clara: la sexualidad sin duda se ha convertido en ni objeto de consumo y esto supone siempretenerla por algo intercambiable con un valor secundario. El «enganche sexual», el sex-appeal ha llegado a ser moneda de cambio para los más variados productos. Esto significa que el incentivo sexual es un valor en alza en las cotas de mercado y no necesita más justificación que la de su propio éxito económico. Se puede hablar de «televisión-basura», de «pornografía barata» o de la falta de cualquiertipo de criterio ético para la exposición pública de reclamos sexuales; puede incluso juzgarse como una bajeza moral pero, desde luego, es un negocio asegurado.
Una simple mirada a la historia nos recuerda que el comercio sexual siempre ha sido rentable. El problema no está en este dato, sino en el valor moral de una sociedad que no solamente lo considere normal, sino que lo justifica y, sobretodo, que no le importa el precio que se paga por ello. Es un negocio, como en tiempos lo fue la esclavitud, que se realiza mediante la compra-venta de un producto muy especial, de tal forma que su misma comercialización tiene unas consecuencias negativas para el aprecio de la sexualidad. Detrás de esta realidad, existe toda una lógica que no podemos ignorar. En verdad, quien conozca los entresijosde la ley de la oferta y de la demanda sabe bien que es necesario mantener una impresión de calidad para que el negocio sea próspero.
Es un hecho que en la actualidad cuidan hasta el extremo los especialistas del «marketing»: se ha de mantener siempre la apariencia de una cualidad especial en el producto, so pena de su desvalorización definitiva. No basta aducir que la mercancía se sigue vendiendoy produce dinero, porque en el fondo, en esas condiciones, no se compra «un producto determinado», sino cualquier cosa. La pregunta que ahora podemos hacer es la siguiente: ¿es ésta la situación real de la sexualidad, la de ser una cosa más, cuyo aprecio es sólo su uso? ¿No ha llegado el momento de preguntarnos por el valor real que tiene la sexualidad para el hombre? ¿No supone un desprecio dela misma, esto es, el peor de los negocios, el puro consumo del sexo, encerrado ahora en una espiral de búsqueda de sensaciones más fuertes?
UN MISTERIO ESCONDIDO
La respuesta a la pregunta anterior apunta a una perspectiva diversa de ver la sexualidad. Para comprender el alcance del problema hemos de ir más allá del hecho de la proliferación de experiencias sexuales del más diverso signo. Estofue lo que intentó justificar en su tiempo el libertinismo[1], pero se puede afirmar que no es eso lo que está en el origen de la revolución sexual en el contexto de lo que significó la revuelta de 1968. Esta surge con una intención y una propuesta cultural democrática e igualitarista muy diferente del elitismo de aquellos ilustrados libertinos. Aunque, a mi parecer, el conjunto revolucionario...
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