Muerte en venecia

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THOMAS MANN

LA MUERTE EN VENECIA
LAS TABLAS DE LA LEY

PLAZA&JANES,S.A.

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Títulos originales: Der Tod im Venedig Die gesetzestafeln Mose Traducciones de Martín Rivas Raúl Schiaffino Diseño de la colección y portada de Jordi Sánchez

Primera edición en esta colección: Octubre, 1982

© Editorial Planeta, 1966 Editado por PLAZA&JANES S.A., Editores Virgen de Guadalupe, 21 – 33Esplugues de Llobregat (Barcelona) Printed in Spain — Impreso en España ISBN: 84-01-42112-8 — Depósito Legal: B. 33.996-1982 (ISBN: 84-320-6352-5. Publicado anteriormente por Editorial Planeta) Graficas Guada, S. A. – Virgen de Guadalupe, 33 Esplugues de Llobregat (Barcelona)

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LA MUERTE EN VENECIA

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Von Aschenbach, nombre oficial de Gustavo Aschenbach a partir de la celebración de sucincuentenario, salió de su casa de la calle del Príncipe Regente, en Munich, para dar un largo paseo solitario, una tarde primaveral del año 19... La primavera no se había mostrado agradable. Sobreexcitado por el difícil y esforzado trabajo de la mañana, que le exigía extrema preocupación, penetración y escrúpulo de su voluntad, el escritor no había podido detener, después de la comida, la vibracióninterna del impulso creador, de aquel motus animi continuus en que consiste, según Cicerón, la raíz de la elocuencia. Tampoco había logrado conciliar el sueño reparador, que le iba siendo cada día más necesario, a medida que sus fuerzas se gastaban. Por eso, después del té, había salido, con la esperanza de que el aire y el movimiento lo restaurasen, dándole fuerzas para trabajar luego con fruto.Principiaba mayo, y, tras unas semanas de frío y humedad, había llegado un verano prematuro. El «Englischer Garten» tenía la claridad de un día de agosto, a pesar de que los árboles apenas estaban vestidos de hojas. Las cercanías de la ciudad se inundaban de pasean-

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tes y carruajes. En Anmeister, adonde había llegado por senderos cada vez más solitarios, se detuvo un instante paracontemplar la animación popular de los merenderos, ante los cuales habían parado algunos coches. Desde allí, y cuando el sol comenzaba ya a ponerse, salió del parque atravesando los campos. Después, sintiéndose cansado, como el cielo amenazase tormenta del lado de Foehring, se quedó junto al Cementerio del Norte esperando el tranvía, que le llevaría de nuevo a la ciudad, en línea recta. No había nadie,cosa extraña, ni en la parada del tranvía ni en sus alrededores. Ni por la calle de Ungerer, en la cual los rieles solitarios se tendían hacia Schwalimg. Ni por la carretera de Foehring se veía venir coche niguno. Detrás de las verjas de los marmolistas, ante las cuales las cruces, lápidas y monumentos expuestos a la venta formaban un segundo cementerio, no se movía nada. El bizantino pórtico delcementerio, se erguía silencioso, brillando al resplandor del día expirante. Además de las cruces griegas y de los signos hieráticos pintados en colores claros, veíanse en el pórtico inscripciones en letras doradas, ordenadas simétricamente, que se referían a la otra vida, tales como «Entráis en la morada de Dios» o «Que la luz eterna os ilumine». Aschenbach se entretuvo durante algunos minutosleyendo las inscripciones y dejando que su mirada ideal se perdiese en el misticismo de que estaba penetrada, cuando de pronto, saliendo de su ensueño, advirtió en el pórtico, entre las dos bestias apocalípticas que vigilaban la escalera de piedra, a un hombre de aspecto nada vulgar que dio a sus pensamientos una dirección totalmente distinta. ¿Había salido de adentro por la puerta de bronce, ohabía subido por fuera sin que As-

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chenbach lo notase? Sin dilucidar profundamente la cuestión, Aschenbach se inclinaba, sin embargo, a lo primero. De mediana estatura, enjuto, lampiño y de nariz muy aplastada, aquel hombre pertenecía al tipo pelirrojo, y su tez era lechosa y llena de pecas. Indudablemente, no podía ser alemán, y el amplio sombrero de fieltro de alas rectas que cubría su...
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