Pepe

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  • Publicado : 25 de abril de 2011
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Christina Dodd
COMPROMETIDA
Devon Mathewes, conde de Kerrish y director de uno de los bancos que gestiona fondos de la Corona, necesita hacerse cargo de una huérfana y proporcionarle educación mediante una institutriz para restablecer su imagen de honradez y decencia ante la reina Victoria. Alguien ha cometido un desfalco en el banco y todas las pistas apuntan hacia su familia. Convencida deque nadie la reconocerá, pues hace tiempo que se retiró de la vida social, Pamela Lockhart, propietaria de la Distinguida Academia de Institutrices, oculta su juventud y belleza tras un disfraz de severa institutriz, y se traslada a la casa del conde con Beth, la huérfana escogida para el pupilaje. Allí comprobará que no está preparada para evitar la indudable atracción que siente por Devon, quientampoco acaba de creer el imparable interés amoroso que siente por la institutriz de gafas gruesas y críticas lecturas morales. Un ardiente romance comenzará entre ambos. Christina Dodd, galardonada con los prestigiosos Romance Writers of America's Golden Heart y RITA, es autora de veinticinco libros, que aparecen regularmente en las listas de más vendidos. Las apariencias pueden esconder laposibilidad de un gran amor
Título original: Rules of Engagement Primera edición: mayo, 2005 © 2000, Christina Dodd © 2005 de la presente edición para todo el mundo: Random House Mondadori, S.A.

Con mi agradecimiento a George Burns, Bob Hope, y especialmente Jack Benny, por enseñar a reír a varias generaciones. El humor nunca muere, solo se recicla

La señorita Pamela Lockhart y la señoritaHannah Setterington, Orgullosas propietarias de la

Distinguida Academia de Institutrices
Intentan desesperadamente convertir su empresa en éxito y Ofrecen las mejores institutrices, damas de compañía e instructoras para cubrir todas las necesidades Sin demasiados remilgos sobre los detalles de su empleo aunque desde luego no harán nada inmoral o ilegal En el servicio de la sociedad elegante de hoy1 de julio de 1840

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Aquel era el mejor día del mes, el día de cobro. La señorita Pamela Lockhart dio un alegre saltito en su camino hacia casa. Aunque aquella calle residencial de Londres estuviera prematuramente a oscuras a causa de la lluvia, aunque ella estuviera helada y se sintiera mal, y aunque hubiera tenido que enseñarle a tocar «Brilla, brilla, estrellita» en el piano a la pequeñaLorraine Dagworth, que carecía de oído musical, había cobrado la paga mensual de la madre de Lorraine sin ningún problema. También había conseguido cobrar de la aristocrática lady Phillips, no sin dificultad. Y finalmente, le había dado la clase de baile al hijo de lord Haggerty y — al tiempo que se defendía del manoseo del joven y de la ignominiosa proposición del mayor— se había asegurado el pagomensual sin ofender a ninguno de los dos detestables caballeros. Sí, el trabajo de institutriz era difícil y en ocasiones aborrecible, pero el día de cobro, el glorioso día de cobro, lo compensaba todo, y cuando Pamela atravesó el callejón sucio y lleno de basuras, ofreció la cara a la lluvia, soltó una carcajada... y se paró en seco con un traspié. Algo le tiraba de la falda. Un tablón quesobresalía, quizá, o... Una punta afilada se le clavó en la espalda y una voz ronca gruñó: —Deme esa bolsa que lleva escondida en el pecho, señorita, y puede que no la mate. Pamela se quedó paralizada, el corazón latiéndole con fuerza. Aquel objeto era... ¡un cuchillo! Un ladrón la amenazaba con un cuchillo en la espalda. Podía apuñalarla. A lo mejor la mataba. Quería robarle el dinero. El cuchillo sele clavaba y el hombre le gruñía al oído, lanzándole su apestoso aliento mezclado con la peste a ginebra y tabaco. —Le he dicho que me dé la bolsa. No se moleste en negarlo, señorita. La he visto en la tienda pagando por esas bonitas fresas. Pamela apretó con fuerza la bolsa en la que llevaba la compra. Llovía sin parar. No había nadie a la vista; cualquiera con dos dedos de frente se habría ido...
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