Plan de once años

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PLAN DE ONCE AÑOS

Jaime Torres Bodet

Perspectiva

¡Cuántas contradicciones en c! alma estremecida y profunda de nuestro México! Las que advertía yo en mi oficina no eran sino pálido testimonio de las que atormentaban a todos mis compatriotas. Querían poder, saber y creer-, pero sin graduar la altura delos peldaños que hay que subir para creer con fervor en lo que se sabe, saber realmente lo que se cree, y medir el momento preciso en que el poder representa un bien —el de ofrecer a nuestros iguales cuanto tenemos— o, al contrario, el más negro mal: el de arrancarles lo que poseen.

¿Cómo educar a pueblo tan ávido y tan austero, tan sumiso y tan ambicioso, tan exigente y tan tolérame, tansatisfecho de imaginar que ha llegado a ser lo que aún no es y tan anheloso de ser lo que no parece, desde muchos puntos de vista, dispuesto a ser?... Ansia la técnica, y la desprecia. Guarda caudales de cultura, que no siempre utiliza. Inteligente, hace de la ilusión un fantasma de la esperanza, y de la esperanza un sucedáneo cómodo del proyecto. ¿Para qué programar, si improvisar es tan fácil y, enocasiones, tan efectivo?

Los gobiernos creían que los maestros acataban fielmente sus planes que, a menudo, ni siquiera leían. Entre las razones de Estado, que exponen los funcionarios, y la forma en que muchos de los educadores interpretan tales razones, media un abismo En 1921 Vasconcelos pugnó por federalizar la enseñanza. En 1934 imaginé candorosamente que la firme unidad sindical de losprofesores contribuiría a mejorar la federalización ideada por Vasconcelos. Pero en 1958 me daba cuenta de que, desde el punto de vista administiativo, la federalización no era recomendable en los términos concebidos por el autor de El monismo estético. Por otra parte, la unificación sindical no parecía favorecer de manera muy positiva a la calidad del trabajo docente de los maestros Habíamos perdidocontacto con la realidad de millares de escuelas sostenidas por el gobierno, desde Sonora hasta Chiapas y desde la frontera de Tamaulipas hasta las playas de Yucatán. Nuestros informantes directos eran inspectores que, como socios activos del sindicato, encubrían a tiempo las faltas y.las ausencias de los maestros, pues no ignoraban que la gratitud de sus subalternos les sería, a la larga, másprovechosa que la estimación de sus superiores.
No siempre podían actuar los líderes en la orientación cultural y moral de los agremiados. En ocasiones, les interesaba, más que otra cosa, ejercer influencia concreta en la política del país. Algunos lograban insertarse en el sector de los próximos candidatos a diputados o a senadores. Vislumbraban, así, la ruta que podría conducirles, con un poco desuerte, a la dirección de un establecimiento oficial o —si obtenían apoyos más sólidos —hasta el palacio de gobierno de algún Estado.

Muchos maestros -sin la humilde y viril franqueza de los que traté en 1944- invocaban la respetabilidad de su profesión para exigir aumentos de sueldos y de servicios. Pero olvidaban las obligaciones que esa respetabilidad hubiera debido imponerles en la cátedray en la vida.

Su táctica más frecuente ya no era la persuasión, sino la amenaza. Cuando los dirigía un hombre cortes como Lozano Bernal, se advertía que la amenaza no era el producto de un interés del líder, sino el efecto de la inquietud que afligía al líder frente a las incontenibles violencias de sus prosélitos. La mañana en que me presentó a los miembros del comité ejecutivo de la secciónIX del Sindicato, comprendí que existía entre ellos cierta recóndita hostilidad. Los dirigentes nacionales del magisterio querían iniciar sus labores sin excesivos alardes contra el Gobierno. En cambio, los de la sección IX, que representaban a los maestros capitalinos de educación primaria, tenían propósitos de combate. Se habían percatado de que constituían una considerable fuerza de choque....
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