Polvo y ceniza

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Eliécer Cárdenas


Polvo y ceniza



Polvo y ceniza
© Eliécer Cárdenas, 2001 © Eskeletra Editorial, 2001
Eskeletra Editorial
12 de Octubre y Roca (esq) l2 piso
Tel: 556691 / Fax: 543607 / Casilla postal 164-B Quito
E-mail: eskeletra@andinanet.net
Diseño de portada: Tribal / 228208
ISBN: 9978-16-036-1 Derechos de Autor: 015418 Impreso en Ecuador
ELIECER CARDENAS
POLVO Y CENIZAA mi padre, contador de historias
Agradecimiento:
A Naún Briones,
a Pajarito,
a Chivo Blanco,
a Rindolfo Ochoa,
a Víctor Pardo,
a los Quiroz,
al Aguila Quiteña,
a Diógenes Paredes,
a Pablo Palacio,
a Luis Alberto Valencia,
al Mayor Deifilio Morocho,
al Obispo J. M. Massiá.
Porque sus existencias son la materia de esta ficción.

Eternidad, tus signos me rodean,
masyo soy transitorio:
un simple pasajero del planeta.
JORGE CARRERA ANDRADE

Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza
de que está hecho el olvido?
JORGE LUIS BORGUES

MASSIA

Se fue erguido. Viene encorvado. Con un orgullo casi risueño extendió la mano, blanca y áspera de hostias consagradas, al oficial bigotudo de la pechera llena deentorchados que le señalaba los riscos pardos, las lade¬ras casi de pura piedra afilada brillando al sol, los desfi¬laderos profundos entre rocas que sólo eran serpientes de sombras, cuando se marchó. Ahora sólo puede ben¬decir, ya sin soberbia, casi con los ojos en el llanto, a los campesinos flacos, a las mujeres aflijidas, a los oficiales abúlicos que se congregan en torno a su sotana sucia yla banda morada de su vientre colgante que, por su bri¬llo mugroso, recuerda solamente una larga travesía de re¬greso desde el otro lado de la frontera, más allá del agru- pamiento de casitas de barro que sobresalen, tercamente enhiestas, bajo el tricolor nacional, junto a los plátanos de hojas rotas por el viento, nadando en la sequedad par¬da de la tierra. Se fup joven. Viene viejo. Odió alGene-
ral Alfaro, lo excomulgó la víspera del destierro. Inven¬tando intransigentes frases desde el púlpito dorado de su Catedral, ante la sumisión de los tafetanes negros de las mujeres, los casimires oscuros de los caballeros congre¬gados junto al atrio: ante los campesinos de alpargatas de cuero y alforjas a los hombros. Rojo por la cólera, demos¬trando su acento extranjero en las reciaspalabras de con¬dena, el obispo José María Massiá, para muchos mártir, conspirador para el Gobierno, concluyó su furia fulmi¬nando excomuniones. Pero ahora cruza el puentecito de madera con la mansedumbre sesentona de sus años pe¬sándole en los zapatos polverientos, el solideo episcopal circunscrito al centro oscurecido de su calvicie. Pesada la mano que no deja de bendecir, alejándose con lentitud dela bandera roja, blanca y roja de la que fue su patria, la tercera, por doce años. Ahora sonríe a los guardias, perdonándolos y como acobardado. Ellos, tiesos, incom¬prensibles, con los Manlicher, las correas de municiones y los quepis, dejándose bendecir, permitiéndole cruzar aquella raya invisible que en la mitad del río divide aguas, piedras, lodo. Pero, cuando, doce años atrás, en direcccióninversa, sintió los empujones de los guardias hasta más allá de la raya invisible del puente, hacia el país de la bandera roja, blanca y nuevamente roja, dio una vuelta completa sobre sus pies, miró a los guardias como queriendo matarlos con la sola fuerza centellante de sus ojos celestes; el anillo jerárquico brilló dorado en¬tre la polvareda lerda de las mulas, no en una mano que bendice: enun puño que amenaza. Quiso decir algo, pe¬ro sus labios resecos sólo se movieron sin sonido. Y ma¬jestuoso, patriarcal, definitivo, limpió con sus manos el polvo depositado en sus zapatos, en una última, impla¬cable maldición que temió el arriero Horacio como segu¬ro anuncio de sequías largas, de animales muertos sobre los senderos, de cosechas perdidas.
Pero ahora es sólo una estatua piadosa,...
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