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La eterna parranda de Diomedes. III Parte.
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Por: ALBERTO SALCEDO RAMOS
3. Las vacas pariendo y yo bebiendo
Conocí a Diomedes Díaz en vísperas de la Semana Santa de 1979, cuando yo estaba próximo a cumplir los dieciséis años y él estaba próximo a cumplir los veintidós. Sucedió en San Estanislao, el caluroso pueblo del norte de Bolívar en elcual me criaron mis abuelos maternos. El conjunto había sido contratado para actuar en una caseta llamada Los Jumbitos. Aunque la presentación comenzaría a las diez de la noche, Diomedes y su tropa, encabezada por el acordeonero 'Colacho' Mendoza, arribaron en autobús a las cuatro de la tarde. Luego se dirigieron a la posada de Adela Rivera, la única del pueblo, donde al parecer algunos de ellosdurmieron una siesta. Al caer las primeras sombras de la noche los visitantes jugaron fútbol, pasearon por las calles del centro. Yo era uno de los muchísimos provincianos que aquella tarde de sábado seguían paso a paso el itinerario de los músicos: la aparición del autobús por el Callejón del Comercio, el desembarque, el partido de fútbol vespertino, la caminata por el parque principal, lainstalación del sistema de sonido. En aquel momento la fama de Diomedes comenzaba a ensancharse. Su discografía de entonces ya tenía títulos notables, como Consuelo, Frente a mí y El alma en un acordeón. De ahí el revuelo que produjo su llegada a San Estanislao.

Diomedes entró a la caseta escoltado por un tropel de admiradores. Puntual, sobrio. Mientras avanzaba por la calle de honor que le abríanlos fanáticos que ya estaban dentro, iba dejando en la atmósfera una estela de perfume. Me llamó la atención el hecho de que rechazara las copas de ron y whisky que espontáneamente le ofrecía el público. Incluso se negó a recibir una cerveza helada que, según pensé entonces, le hubiera servido para mitigar el bochorno de aquella noche veraniega.

—Los cantantes no consumimos bebidas frías —seexcusó—. Si me pongo ronco se nos daña el baile, primo.

Acto seguido extrajo del bolsillo de la camisa un mendrugo de panela. Se lo llevó a la boca y empezó a masticarlo ahí mismo, delante de todos nosotros. Luego se dirigió hacia una zona contigua a la tarima para reunirse con los integrantes del conjunto. Su moderación no encajaba en el estereotipo de borracho propio del músico vallenato. Perolo que me pareció más extraño fue lo que vino a continuación: cada vez que terminaba una tanda de canto, tomaba consomé de pollo y volvía a comer panela. A veces se aislaba en uno de los rincones de la caseta para gesticular como si estuviera actuando frente a un auditorio imaginario. Se ponía las manos abiertas en el pecho, daba un par de pasos laterales.

A lo largo de todos estos años hepensado mucho en el Diomedes de aquella noche de 1979, incluso desde antes de aventurarme a escribir esta historia. He evocado sus rasgos todavía adolescentes, sus gestos pintorescos. He contado varias veces, de manera oral, los mismos hechos que ahora estoy contando por escrito en esta crónica. Me he preguntado qué tanto de mi interés en él se debía a su carisma y qué tanto a mi naturaleza fisgona.Lo cierto es que yo me movía por dondequiera que él se moviera. Registraba con entusiasmo sus acciones, lo observaba de arriba abajo. Hubo un momento en que se me dio por curiosear su cuello. Me llamó la atención que tuviera la nuez de Adán tan sobresaliente. Supuse que tal vez la fuerza de su voz se derivaba de ese apéndice filoso. Cuando subió de nuevo a la tarima seguí escudriñándole el cuello:vi cómo se agrandaba y cómo se contraía, vi las venas gordas, la nuez inflada como si fuera a reventarse. En principio, ese gaznate abultado quedó grabado en mi memoria como una rareza morfológica. Después se convirtió en la imagen viva de la pasión de Diomedes por el canto. Había que ver el fuego que irradiaba aquel cantante. Si parecía a punto de desgarrarse físicamente era porque se estaba...
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