Relato de un naufrago

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  • Publicado : 17 de enero de 2012
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GABRIEL GARCIA MARQUEZ

Relato de un naufrago
que estuvo diez dias a la deriva en una balsa sin comer ni beber,
que fue proclamado hйroe de la patria, besado por las reinas de la
belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el
gobierno y olvidado para siempre.

La historia de esta historia
El 28 de febrero de 1955 se conociу la noticia de que ocho miembros de latripulaciуn del
destructor "Caldas", de la marina de guerra de Colombia, hablan caнdo al agua y
desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. La nave viajaba desde Mobile,
Estados Unidos, donde habнa sido sometida a reparaciones, hacia el puerto colombiano de
Cartagena, a donde llegу sin retraso dos horas despuйs de la tragedia. La bъsqueda de los
nбufragos se iniciу de inmediato, con lacolaboraciуn de las fuerzas norteamericanas del
Canal de Panamб. que hacen oficios de control militar y otras obras de caridad en del sur
del Caribe. Al cabo de cuatro dнas se desistiу de la bъsqueda, y los marineros perdidos
fueron declarados oficialmente muertos. Una semana mбs tarde, sin embargo, uno de ellos
apareciу moribundo en una playa desierta del norte de Colombia, despuйs depermanecer
diez dнas sin comer ni beber en una balsa a la deriva. Se llamaba Luis Alejandro Velasco.
Este libro es la reconstrucciуn periodнstica de lo que йl me contу, tal como fue publicada un
mes despuйs del desastre por el diario El Espectador de Bogotб.
Lo que no sabнamos ni el nбufrago ni yo cuando tratбbamos de reconstruir minuto a minuto
su, aventura, era que aquel rastreo agotador habнa deconducirnos a una nueva aventura que
causу un cierto revuelo en el paнs, que a йl le costу su gloria y su carrera y que a mн pudo
costarme el pellejo. Colombia estaba entonces bajo la dictadura militar y folclуrica del
general Gustavo Rojas Pinilla, cuyas dos hazaсas mбs memorables fueron una matanza de
estudiantes en el centro de la capital cuando el ejйrcito desbaratу a balazos unamanifestaciуn pacнfica, y el asesinato por la policнa secreta de un nъmero nunca establecido
de taurуfilos dominicales, que abucheaban a la hija del dictador en la plaza de toros. La
prensa estaba censurada, y el problema diario de los periуdicos de oposiciуn era encontrar
asuntos sin gйrmenes polнticos para entretener a los lectores. En El Espectador, los
encargados de ese honorable trabajo depanaderнa йramos Guillermo Cano, director; Josй
Salgar, jefe de redacciуn, y yo, reportero de planta. Ninguno era mayor de 30 aсos.
Cuando Luis Alejandro Velasco llegу por sus propios pies a preguntarnos cuбnto le
pagбbamos por su cuento, lo recibimos como lo que era: una noticia refrita. Las fuerzas
armadas lo habнan secuestrado varнas semanas en un hospital naval, y sуlo habнa podido
hablar con losperiodistas del rйgimen, y con uno de oposiciуn que se habнa disfrazado de
mйdico. , El cuento habнa sido contado a pedazos muchas veces, estaba manoseado y
pervertido, y los lectores parecнan hartos de un hйroe que se alquilaba para anunciar relojes,
porque el suyo no se atrasу a la intemperie; que aparecнa en anuncios de zapatos, porque los
suyos eran tan fuertes que no los pudo desgarrarpara comйrselos, y en otras muchas
porquerнas de publicidad. Habнa sido condecorado, habнa hecho discursos patriуticos por
radio, lo habнan mostrado en la televisiуn como ejemplo de las generaciones futuras, y lo
habнan paseado entre flores y mъsicas por medio paнs para que firmara autуgrafos y lo
besaran las reinas de la belleza. Habнa recaudado una pequeсa fortuna. Si venнa a nosotros
sin quelo llamбramos, despuйs de haberlo buscado tanto, era previsible que ya no tenla
mucho que contar, que serнa capaz de inventar cualquier cosa Por dinero, y que el gobierno
le habнa seсalado muy bien los lнmites de su declaraciуn. Lo mandamos por donde vino. De
pronto, al impulso de una corazonada, Guillermo Cano lo alcanzу en las escaleras, aceptу el
trato, y me lo puso en las manos. Fue...
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