Rono a una bolletera

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ROBO A UNA BILLETARA
Ayer hice algo extraño. Robé una billetera.
La saqué de un bolso, en la sala de espera de la estación. Asomaba negra, brillante, una linda pieza de marroquinería, con las puntas de algunos billetes visibles y la promesa de dinero al alcance de mi mano. Y lo hice. Miré, antes, alrededor del asiento. Nadie. Ni un alma. La oportunidad hace al ladrón, me dije mientras melevantaba y, distraídamente, manoteaba la billetera.
Salí del salón sintiendo dos ojos clavados en mi nuca, pero, miré nuevamente y nadie...Solo allí, lejos, muy lejos, una pareja dormitando en un asiento.
Tomé un taxi. ¿El hombre habrá sospechado algo? No sé, pero me miraba interrogándome. Dudé. Temblaba mi voz, cuando le indiqué mi dirección.Quería llegar a un lugar tranquilo, sentarme, abrir labilletera, sacar los billetes y contarlos uno a uno, disfrutar, si era posible, de mi primer hurto.
Al fin, llegué a casa y, casi corriendo, entré al comedor y me senté ante la mesa. Los dispuse todos en fila: veinte billetes de a cien, dos mil pesos relucientes, aún con olor a tinta. Papel firme, brillante, crujiente. Un gusto.
Sentí, de pronto el aguijón de la culpa entrándome bien adentro. Casiun dolor en el corazón. Tomé los billetes, los volví a poner en la billetera y, sin dudarlo, fui a devolverla a una comisaría.

No me gustan las comisarías. Me hacen recodar cosas que viví de estudiante: un calabozo oliendo a orina, miradas amenazantes. Ahora, dicen, las cosas cambiaron, así que me animé y fui a la de mi barrio. El policía de la entrada me sonrió y me dijo amable que siga por elpasillo y que entre a la Guardia.
En la Guardia había dos policías tomando declaración a unas personas, así que me senté. Largo rato de espera. Me adormecía y ahí mismo me di cuenta que estaba haciendo una macana grande como una casa. Cuando ya me retiraba un vozarrón de sargento enojado me detuvo
—Adonde va, ciudadano! —Era evidente el tono irónico con que marcó la palabra “ciudadano”. 
—No ,es que me olvidé un documento...
—Pero cuál es su problema, señor–dijo mientras su carnoso cuerpo se desplazaba, obstruyéndome el camino hacia la salida.
— No , nada, una denuncia de robo. Me desapareció la billetera
—Ajá...
—Y iba a casa a buscar mi documento de identidad...
—Pero en su billetera ¿no estaban los documentos?
—No...— dudé. Sabía que el gordo sargento había encontrado ladiversión del día
—No entiendo. ¿Y para que vino a hacer a denuncia si no perdió los documentos? 
—Ya le dije perdí la billetera. Y la plata
—Cuanta plata llevaba: cuarenta, cincuenta pesos? Acaso cien?
—No recuerdo exactamente
—Pero no era una fortuna
—No, claro que no.
—Y por unos pocos pesos vino acá, a aguantarme a mí, perder el tiempo en vez de estar en casa tranquilo. No me cierra, don...
—Gerardo Gutiérrez, Malabia dos tres uno siete, septimo a
—Y quien le pidió su dirección, Don Gutiérrez? Mire me va a tener que explicar algunas cosas, si no lo toma a mal. Tengo sospechas de que hay algo más.

Fueron dos horas. Recorrí mi vida desde los años duros del setenta hasta la gloria del nuevo milenio. Todo le conté al gordo sargento. 
Me tiraba de la lengua. Por ejemplo.
-–Y queme dice del 76, donde estaba, militando en alguna orga?
–No, qué dice... estaba todavía en el secundario
–Pero si usted nació en el cincuenta y seis, ¿no? Como puede ser que en el 76, a los veinte años, estuviera en el secundario...?
Yo me hundía, aterrado. 
—Sabe qué, don, no sé por qué pero no le creo nada. Va a tener que permanecer detenido en averiguación. Oficial Mayor- llamó- acá tengoun dos-uno-dos.
—Me lo retiene en cuatro- uno-cinco , Fernández y me prepara un café bien cargado, entendió?- sonaba chillona, aguda la voz del Oficial Mayor en el intercomunicador, una reliquia de los setenta: enorme botonera, cables gruesos, todo color cremita sucio. Empezaba a deprimirme, Hacía rato que me odiaba por haberme metido solo en la trampa.
—Bien, necesito que deje todas sus cosas...
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