Señor de la guerra de marte jhon carter

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  • Publicado : 10 de septiembre de 2012
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EL SEÑOR DE LA GUERRA DE MARTE
EDGAR RICE BURROUGHS



I
En el río Iss
Cobijado a la sombra del bosque que bordea la roja llanura, junto al Mar Perdido de
Korus, en el valle del Dor, bajo las pálidas lunas de Marte, que recorrían su ruta meteórica, muy próximas al centro del agonizante planeta, me deslicé sigilosamente siguiendo la pista de una forma oscura, que buscaba los sitios mássombríos, con una
persistencia que proclamaba la siniestra naturaleza de su misión.
Durante seis largos meses marcianos había permanecido cerca del odioso templo del
Sol, bajo cuya flecha giratoria, a gran profundidad de la superficie de Marte, estaba
sepultada mi princesa, pero ignoraba si estaría viva o muerta. El fino puñal de Faidor,
¿había traspasado aquel corazón tan amado? Sólo el tiempopodría revelar la verdad.
Seiscientos ochenta y siete días marcianos tenían que transcurrir antes de que la
puerta de la celda se hallase de nuevo frente al extremo del túnel, desde donde, por
última vez, había contemplado a mi siempre hermosa Dejah Thoris.
Ya habían pasado la mitad, o habrían pasado mañana, y, sin embargo, vívida en mi
memoria, borrando todo acontecimiento ocurrido antes odespués, permanecía la última escena que precedió a la ráfaga de humo que nubló mis ojos antes de que la estrecha rendija por la cual había podido distinguir el interior de la celda se cerrase entre la
princesa de Helium y yo durante un largo año marciano.
Como si fuese ayer, veía aún el hermoso rostro de Faidor, hija de Matai Shang, descompuesto por los celos y el odio, al precipitarse con elpuñal levantado sobre la mujer
que yo amaba.
Veía a la muchacha roja, Thuvia de Ptarth, saltar hacia adelante para evitar el odioso crimen.
El humo del ardiente templo, en aquel momento, había venido a borrar la tragedia;
pero en mis oídos resonaba el grito lanzado al caer el puñal. Después reinó el silencio,
y cuando el humo se desvaneció, el templo giratorio había sepultado toda vista ysonido de la cámara, en la cual las tres hermosas mujeres quedaban prisioneras.
Desde aquel terrible momento, muchos asuntos habían ocupado mi atención; pero ni
por un instante se había borrado el recuerdo de este hecho, y todo el tiempo que podía
robar a los numerosos deberes que habían caído sobre mí, con la reconstitución del
gobierno del Primer Nacido, desde que nuestra flota victoriosa ynuestras fuerzas de
tierra los habían vencido, lo había pasado cerca de la sombría flecha que ocultaba a la
madre de mi hijo, Carthoris de Helium.
La raza negra, que durante siglos había adorado a Issus, la falsa deidad de Marte,
había quedado sumida en un caos por mi revelación de que sólo era una anciana cruel.
En su furor, la habían despedazado.
Desde la cima de su egoísmo, el Primer Nacidohabía sido arrojado a la más profunda humillación. Su diosa había desaparecido, y, con ella, todo el falso edificio de su
religión. Su tan alabada Armada había sido derrotada por naves superiores y por los
guerreros rojos de Helium.
Fieros guerreros verdes del fondo del mar de Marte exterior habían atravesado los
jardines sagrados del templo de Issus, cabalgando sobre sus indómitos thoats, yTars
Tarkas, jeddak de Thark, el más fiero de todos ellos, se había apoderado del trono de
Issus y gobernaba al Primer Nacido, mientras los aliados decidían la suerte del reino
conquistado.

Eran casi unánimes las peticiones para que yo ocupase el antiguo trono de los hombres negros; hasta los mismos vencidos lo solicitaban; pero yo no quería admitirlo. Mi
corazón nunca podría estar con laraza que había cubierto de ultrajes a mi princesa y a
mi hijo.
Por indicación mía, Xodar se convirtió en jeddak del Primer Nacido. Había sido un
dator o príncipe, hasta que Issus le había degradado, de modo que su aptitud para el
alto cargo que le había conferido no fue impugnada.
Asegurada de este modo la paz del valle del Dor, los guerreros verdes se dispersaron al fondo de sus desolados...
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