Siglo de caudillos

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El más hermoso imperio del mundo.

Mientras México se desgarraba en el drama de la Reforma, muy lejos, en el norte de Italia, el pequeño reino de Lombardía-Véneto intentaba afirmar ideas de soberanía y pautas de vida democrática semejantes a las del bando liberal mexicano. No había llegado aún el momento de la unidad italiana, pero su perfil se dibujaba en el horizonte. El gobernador general deLombardo era una suerte de Iturbide austríaco, un archiduque liberal y romántico cuyas admirables intenciones de hacer la felicidad de sus subditos chocaban con la voluntad más elemental de esos mismos subditos: la de decidir su propio destino.
El archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo había tenido el infortunio de nacer dos años después que su hermano, el entonces emperador deAustria-Hungría, Francisco José. Esta circunstancia marcó desde siempre sus pasos. Mientras el primogénito se preparaba para el acceso seguro al trono, la propensión del segundo vastago del emperador austríaco fue escapar, vagar por los mares, por la imaginación o por el aire. Parecía que Maximiliano hubiese intuido que aquel reinado de su hermano duraría las décadas que en efecto duró. En cuanto pudo visitóGrecia, Italia, España, Portugal, la isla de Madera, Tánger y Argelia, donde ascendió al monte Atlas. En las tumbas de los Reyes Católicos en Granada, «orgulloso y ansioso, y sin embargo triste», extendió la mano «hacia el anillo de oro y hacia la espada que en un tiempo fue poderosa» y pensó que sería «un sueño hermoso y divino para el sobrino de los Habsburgo españoles blandir la última paraconquistar el primero». Aquel encuentro ocurría en 1854. Al año siguiente, como almirante y comandante en jefe de la flota austrohúngara, visitó Palestina; en 1856 Francia, Bélgica y Holanda, y en 1857 el reino de su prima, la reina Victoria.
Tenía entonces veinticinco años y un mundo de exóticos paisajes en la memoria y la fantasía. En ese año se cacó con Carlota Amalia, hija del rey Leopoldo deBélgica, y juntos se mudaron al castillo de Miramar, que Maximiliano había comenzado a construir dos años antes. Se trataba de un reluciente palacio de piedra caliza vecino a Trieste, levantado sobre una gran roca a orillas del Adriático. Su despacho era una copia exacta del interior de su fragata, la Novara. Desde allí, mirando al mar, Maximiliano escribía sus Memorias y volaba: «y si la hipótesisde los globos aerostáticos se convierte alguna vez en realidad, me dedicaré a volar y encontraré en ella, con toda la certeza, el mayor placer».
Pero sobre la tierra el destino seguía siendo adverso a aquel joven rubio, pálido, de expresivos ojos azules, cuyo saliente mentón se disimulaba tras el rizo cuidadoso de su barba. Nada más remoto a sus ideas que el absolutismo o el catolicismo beato.Era liberal, como su siglo.
Y sin embargo, la gente en Milán lo veía con respeto privado y recelo público: un príncipe extranjero, un advenedizo. De nada habían servido sus planes y sus obras. Vivía en la «constante humillación de representar un régimen indolente y sin política definida al que la razón trata de defender en vano». A su «querida madre», la archiduquesa Sofía, que le recomendabaresistir con honor, le confiaba su zozobra: «Lo que usted me dice ... desde un punto de vista religioso es mi entera convicción ... si no fuese por los deberes religiosos ya estaría hace tiempo lejos de este país de martirio ... A pesar de la burla que me espera y de todas las calumnias permanezco tranquilo en mi puesto. En el peligro no me vuelvo».
En 1859, ante la tensión creciente. Francisco Joséenvió un refuerzo de tropas que de hecho significaban la remoción de Maximiliano.
Al hacerlo —escribía éste— pasaba sobre el «decoro» y. «el buen nombre de un archiduque». ¿No había lugar en el mundo —es decir, monarquía en el mundo— para aquel principe de modales delicados, y su firme y ambiciosa mujer, destinada como él, más que él, a «reverdecer todas las glorias»? Parecían nacidos en el...
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