Tareotas

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HENRY JAMES LA VIDA PRIVADA (The Private Life, 1892) Hablábamos de Londres, frente a un gran glaciar primitivo y erizado. La hora y la escena constituían una de esas impresiones que compensaban un poco, en Suiza, de la moderna indignidad de viajar: las promiscuidades y vulgaridades, la estación y el hotel, la paciencia gregaria, la lucha por una pobre atención, la reducción al rango de unnúmero. El valle alto era rosado con la montaña rosa, el aire fresco tan puro como si el mundo fuera joven. Había un rubor tenue de tarde en las nieves sin menguar, y el tintineo amigable del ganado invisible llegaba a nosotros con un olor cultivado y caldeado por el sol. La posada de balcones se hallaba en el cuello mismo del paso más pintoresco del Oberland, y durante una semana habíamos tenidocompañía y buen tiempo. Esto se consideraba una gran suerte, porque lo uno habría compensado por lo otro, de ser mala una de las dos cosas. Desde luego el buen tiempo habría compensado por la compañía; pero no estuvo sujeto a esa carga, porque por suerte teníamos a la fleur des pois: Lord y Lady Mellifont, Clare Vawdrey, la más grande (en opinión de muchos) de nuestras glorias literarias, y BlancheAdney, la más grande (en opinión de todos) de las teatrales. Menciono esto en primer lugar, porque eran precisamente las personas a quienes en Londres, en esa época del año la gente trataba de «cazar». La gente hacía todo lo posible por «reservarlos» con seis semanas de antelación, y sin embargo en esta ocasión habíamos coincidido con ellos, todos habíamos coincidido con los demás, sin usar lamenor influencia. Un golpe del azar nos había reunido, a finales de agosto, y reconocimos nuestra suerte quedándonos así, bajo la protección del barómetro. Cuando los días dorados hubieran transcurrido -eso sucedería pronto-, habríamos de bajar serpenteando por lados opuestos del paso y desaparecer tras la cumbre de las alturas circundantes. Éramos de la misma comunión general, participábamos en lamisma diversa publicidad. Nos veíamos en Londres con frecuencia irregular; más o menos, estábamos regidos por las leyes y el lenguaje, las tradiciones y lemas de la misma densa condición social. Creo que todos nosotros, hasta las señoras, «hacíamos» algo, aunque fingíamos que no, cuando se mencionaba. Tales cosas no se mencionan en Londres, pero nos proporcionaba un placer inocente ser distintosaquí. Tenía que haber una manera de demostrar la diferencia, ya que nos daba la sensación de que éstas eran nuestras vacaciones anuales. En cualquier caso, sentíamos que las condiciones eran mucho más humanas que en Londres, que al menos lo éramos nosotros. Nos mostrábamos francos a este respecto, hablábamos de ello: era ése nuestro tema mientras mirábamos el glaciar, cuando alguien llamó la atenciónsobre la prolongada ausencia de Lord Mellifont y Mrs. Adney. Nos hallábamos sentados en la terraza de la posada, donde había bancos y mesitas, y, los que, de entre nosotros, más empeñados estaban en demostrar que habían regresado a la naturaleza, tomaban, al extraño modo germánico, café antes que carne. El comentario sobre la ausencia de nuestros dos compañeros no fue atendido, ni siquiera porLady Mellifont, ni siquiera por el pequeño Adney, el dedicado compositor; porque se lo había dejado caer en la pausa más breve de la charla de Clare Vawdrey. (Esta celebridad era «Clarence» sólo en las portadas.) Era precisamente esa revelación de que después de todo éramos humanos lo que le servía de tema. Preguntó al grupo si, con sinceridad, no se habían sentido todos tentados de decir a cada unode los demás «no tenía ni idea de que usted fuera tan agradable». Yo, por mi parte, había tenido idea de que él lo era, e incluso mucho más agradable, pero eso era demasiado complicado como para entrar en el tema en aquel momento; además es exactamente lo que quiero relatar. Había como un pacto general entre nosotros de que cuando Vawdrey hablara habíamos de permanecer en silencio, y no, por...
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