Trabajos

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El tío Buenamuerte, que ya tenía las piernas menos hinchadas, estaba escuchando con la boca abierta, y meneaba la cabeza. Hubo un momento de silencio, porque cuando comían patatas, los muchachos se ponían de mal humor y se estaban muy quietos. Después de tragarse lo que tenía en la boca, el viejo murmuró lentamente: -Digas lo que digas, será lo mismo que si callaras... ¡Ah! Yo he visto muchascosas, ¡muchas cosas! Hace cuarenta años, nos hubieran echado de la puerta de la Dirección a sablazo limpio. Ahora tal vez os reciba el director; pero no os harán ningún caso... ¡Qué demonio! Ellos tienen dinero, y se ríen del mundo. Volvieron todos a callar, y Maheu y Esteban se levantaron, dejando a la familia alrededor de aquella mesa ocupada con platos vacíos. En la calle se reunieron con Pierrony Levaque, y los cuatro juntos se encaminaron a casa de Rasseneur, adonde iban llegando poco a poco los delegados de otros barrios. Luego, cuando se hubieron reunido los veinte hombres que formaban la comisión, acordaron las condiciones que habían de presentar enfrente de las impuestas por la Compañía, y se pusieron en marcha para Montsou. Las rachas del viento nordeste barrían la carretera.Cuando llegaron a casa del señor Hennebeau estaban dando las dos en el reloj de la torre del pueblo. El criado les dijo que esperasen, cerrando la puerta tras ellos; luego, cuando volvió, les introdujo en el salón y abrió los balcones. Los mineros, al quedarse solos, no se atrevieron a sentarse; todos turbados, todos muy limpios y vestidos con el traje de los domingos, daban vueltas a las gorras entrelos dedos y dirigían miradas de reojo al rico mobiliario, extraña confusión de los estilos que la afición de las antigüedades ha puesto de moda: butacas Enrique II, sillas Luis XV, un gabinete italiano del siglo XVI, un aparador español del XIV y un paño de altar para lambrequín de chimenea. Todos aquellos dorados, todo aquel lujo los había llenado de cierto malestar respetuoso. Los tapices deOriente que servían de alfombra, parecían sujetar sus groseros pies como si estuviesen clavados. Pero lo que más los sofocaba era el calor, más notable por el contraste del frío que habían pasado en la carretera. Transcurrieron cinco minutos. Su malestar aumentaba por lo acogedora que era aquella habitación suntuosamente amueblada. Al fin entró el señor Hennebeau, vestido con levita a la inglesa,abrochada hasta el cuello y luciendo en el ojal la cinta de una condecoración. Fue el primero que habló. -¡Hola, hola!... Parece que nos sublevamos -dijo. Y se detuvo, para añadir enseguida con actitud severa: -Siéntense; también yo quiero que hablemos. Los mineros buscaron con la vista dónde sentarse. Algunos se atrevieron a colocarse en las sillas, mientras otros, asustados de la riqueza deaquellos asientos, prefirieron quedarse en pie. Hubo un momento de silencio. El señor Hennebeau, que había arrastrado una butaca para acercarse a la chimenea, los miraba con fijeza, tratando de recordar el nombre de cada uno de ellos. Acababa de ver a Pierron, que se escondía detrás de un compañero suyo, y sus miradas se detuvieron en Esteban, que se había sentado enfrente de él. -Vamos a ver-preguntó-; ¿qué tienen ustedes que decirme? Esperaba que el joven tomase la palabra, y quedó tan sorprendido al ver que Maheu se levantaba, que no pudo disimular su extrañeza. -¡Cómo! ¿Usted, un obrero tan bueno, un hijo de Montsou, cuya familia trabaja en la mina desde tiempo inmemorial?... ¡Ah!, siento de veras que esté usted a la cabeza de este motín. Maheu esperaba a que le dejasen hablar, con los ojosfijos en el suelo. Luego empezó su discurso, con voz sorda y lenta al principio: -Señor director: precisamente porque soy un hombre tranquilo y moderado, al cual nadie tiene nada que echar en cara, es por lo que los compañeros me han elegido. Esto le demostrará que no somos escandalosos ni malas cabezas, cuyo único propósito fuera armar desórdenes. No queremos más que justicia; estamos cansados...
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