Una aventura nocturna julio ramón riveyro

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UNA AVENTURA NOCTURNA
Julio Ramón Ribeyro
A los cuarenta años, Arístides podía considerarse con toda razón como un hombre "excluido del festín de la vida". No tenía esposa ni querida, trabajaba en los sótanos del municipio anotando partidas del Registro Civil y vivía en un departamento minúsculo de la avenida Larco, lleno de ropa sucia, de muebles averiados y de fotografías de artistasprendidas a la pared con alfileres. Sus viejos amigos, ahora casados y prósperos, pasaban de largo en sus automóviles cuando él hacia la cola del ómnibus y si por casualidad se encontraban con él en algún lugar público, se limitaban a darle un rápido apretón de manos en el que se deslizaba cierta dosis de repugnancia. Porque Arístides no era solamente la imagen moral del fracaso sino el símbolo físicodel abandono: andaba mal trajeado, se afeitaba sin cuidado y olía a comida barata, a fonda de mala muerte.
De este modo, sin relaciones y sin recuerdos, Arístides era el cliente obligado de los cines de barrio y el usuario perfecto de las bancas públicas. En las salas de los cines, al abrigo de la luz, se sentía escondido y al mismo tiempo acompañado por la legión de sombras que reían olagrimeaban a su alrededor. En los parques podía entablar conversación con los ancianos, con los tullidos o con los pordioseros y sentirse así participe de esa inmensa familia de gentes que, como él, llevaban en la solapa la insignia invisible de la soledad.
Una noche, desertando de sus lugares preferidos, Arístides se echó a caminar sin rumbo por las calles de Miraflores. Recorrió toda la avenidaPardo, llegó al malecón, siguió por la costanera, contorneó el cuartel San Martín, por calles cada vez más solitarias, por barrios apenas nacidos a la vida y que no habían visto tal vez ni siquiera un solo entierro. Pasó por una iglesia, por un cine en construcción, volvió a pasar por la iglesia y finalmente se extravió. Poco después de medianoche erraba por una urbanización desconocida dondecomenzaban a levantarse los primeros edificios de departamentos del balneario.
Un café cuya enorme terraza llena de mesitas estaba desierta, llamó su atención. Sobreparándose, pegó las narices a la mampara y observó el interior. El reloj marcaba la una de la mañana. No se veía un solo parroquiano. Tan sólo detrás del mostrador, al lado de la caja, pudo distinguir a una mujer gorda, con pieles, quefumaba un cigarrillo y leía distraídamente un periódico. La mujer elevó la vista y lo miró con una expresión de moderada complacencia. Arístides, completamente turbado, prosiguió su camino.
Cien pasos más allá se detuvo y observó a su alrededor: los inmuebles modernos dormían un sueño profundo y sin historia. Arístides tuvo la sensación de estar hollando tierra virgen, de vestirse de un paisajenuevo que tocaba su corazón y lo retocaba de un ardor invencible. Volviendo sobre sus pasos, se aproximó cautelosamente al café. La mujer continuaba sentada y al divisarlo reprodujo su gesto delicadamente risueño. Arístides se alejó con precipitación, se detuvo a medio camino, vaciló, regresó, espió nuevamente y, empujando al fin la puerta de vidrio, se introdujo hasta ocupar una mesita roja, dondequedó inmóvil, sin levantar la mirada.
Allí esperó un momento, no sabía concretamente qué, observando una mosca desalada que se arrastraba con pena hacia el abismo. Luego, sin poder contener el temblor de sus piernas, elevó tímidamente un ojo: la mujer lo estaba contemplando por encima de su periódico. Conteniendo un bostezo, dejó escuchar una voz gruesa, un poco varonil:
Los mozos yase han ido, caballero. Arístides recogió la frase y la guardó dentro de sí, presa de un violento regocijo: una desconocida le había hablado en la noche. Pero de inmediato comprendió que esa frase era tina invitación a la partida. Súbitamente confundido, se puso de pie.
Pero yo lo puedo servir, ¿qué cosa quiere? - la mujer avanzaba hacia él con un andar un poco lerdo al cual no se le...
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