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Diamantes y Pedernales - José Maria Arguedas

I

IBA A CUMPLIR TRES AÑOS DE RESIDENCIA EN EL PUEBLO. Todos sabían que era forastero; y quien deseaba humillarlo, lo proclamaba.

Sus ojos eran pequeños, su frente corta, sus pómulos relucientes; era bajo y recio. Se ajustaba el pantalón con un chumpi (cinturón) ornado de figuras de patos y toros.

Sólo él usaba esa clase de fajas.Desde su lejano pueblo, algún indio vendedor de fruta le traía, de tiempo en tiempo, un cinturón nuevo y llamativo que sus hermanas le enviaban como recuerdo. En el fondo rojo o azul del tejido, las figuras reciamente compuestas, de toros, patos o caballos, resaltaban, como si estuvieran vivas.

Los indios y los mestizos se detenían para ver la faja de Mariano; la examinaban minuciosamente; ylas mujeres parecían encantadas con la belleza del tejido.

Los vecinos principales, los caballeros, se reían.
Mariano no demostraba ninguna emoción ante las burlas o los elogios; permanecía callado y tranquilo, mientras contemplaban o examinaban la vistosa prenda.

* * *

Mariano era arpista y ayudante de sastre. Criaba un cernícalo al que llamaba "Inteligente Jovin".

Lasastrería ocupaba la única tienda de una gran casa deshabitada de la cual Mariano era el guardián.

La casa pertenecía a una señora muy principal de un distrito próximo. Se decía que la señora era dueña de la mayor parte de las tierras y de los indios del distrito. Cuando iba a la capital de la provincia, entraba a la pequeña ciudad acompañada de su único hijo y de tres o cuatro indios a quienesllamaba "lacayos". Mariano escuchaba el tropel de los caballos y los reconocía de inmediato, antes de que llegaran a la esquina. Corría al patio arrojando en cualquier sitio la "obra" que tenía en las manos y abría el zaguán de la casa. Durante los días que la señora permanecía en el pueblo, Mariano no aparecía en el taller.

El hijo de la señora era alto, cejijunto, de expresión candente eintranquila. Cuando venía con su madre excitaba al vecindario. Invitaba siempre champaña a sus amigos, hasta emborracharlos; y se reía de ellos en forma escandalosa. Sus risotadas se escuchaban a gran distancia. El pueblo se divertía con este espectáculo. Y duraba algunos días la vergüenza de los "caballeros" bebedores de champaña. La gente exageraba los sucesos de las borracheras:
-Dicen quedon Aparicio hizo caminar de cuatro patas a varios señores y que a algunos los montó todavía.
-Dicen que a don Esteban lo hizo subir al mostrador para que discurseara...
-Dicen que don Aparicio se reía como un condenado y hasta en la plaza retumbaban sus carcajadas.

-¡Qué gracia! Mil indios trabajan para él.
Mariano esperaba en la calle a su patrón y lo acompañaba en las noches hastala gran casona. Iba tras de él, y don Aparicio no le hablaba.

En algunas de aquellas noches, don Aparicio ordenaba a Mariano que llevara su arpa al salón de la casa. Se acomodaba en una mecedora y le decía al sastre:
-Toca "Palomita del campo".
Mariano se sentaba en la puerta, sobre un banquito y tocaba los huaynos tristes que su patrón iba nombrando.
-Ahora "El sauce ingrato"..."El chihuaco"... "El tuquito"... ¡Ahora canta el carnaval de mi pueblo! ¡De Lambra!

Mariano tenía voz grave y baja, como la de un sapo cantor. Porque entre las yerbas de los campos húmedos y baldíos que había en ese pueblo, los sapos cantaban larga y dulcemente, estremeciendo el profundo cielo estrellado o las lóbregas noches de verano.

-Don Mariano, a ti no más te dejo tranquilo, por tucanto; por tu arpa también le decía el corpulento señor de Lambra, paseándose lentamente en la sala, a la luz temblorosa de la única vela que prendía en el candelabro.

-¿Por qué será, don Mariano? Mis mujeres no me dan tranquilidad; el trago, ya sea cañazo o champán, es para peor. ¡Anda ya a dormir! Pero en medio del patio tócame por último cualquier huayno de tu pueblo.

Mariano era...
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