Chicha con agua de paramo

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El paraíso de mi abuela en el páramo

Por: Martha Isabel Garzón Hernández
Licenciada en Lingüística y literatura, habitante del barrio Restrepo, 33 años.

Cuando era niña, me llevaban de vacaciones a la finca de mi abuelo en un pueblo cercano a Bogotá. Lo recuerdo como un hombre macizo, alto como un árbol, moreno, de tez oscura, pómulos salientes, nariz ancha y poco cabello. Usaba vestidode paño, con su chaleco de bolsillos pequeños para guardar cositas; una camisa blanca almidonada y corbata oscura; un sombrero negro gigante, de alas enormes como los de los vaqueros del oeste americano; zapatos negros de amarrar o las botas gigantes para la finca. Solía usar una ruana blanca, que olía a oveja recién mojada, en la que a veces me enrollaba y se sentía el rocío de la mañana.Fumaba tabaco y hacía todo un ritual para sacarlo de una cajita dorada, le quitaba su delgada envoltura de papel, como de mantequilla, lo olía y mordisqueaba la punta antes de encenderlo. Veía las enormes bocanadas de humo que le salían de la boca y cómo saboreaba cada chupón de su tabaco; luego, cerraba la cajita para que no se perdiera el aroma y la guardaba en la gaveta. Había que esperar unrato a que fumara para luego escuchar sus relatos. En las tardes se acostaba en la hamaca de rayas que había en el salón a fumar y a contarnos cómo habían amasado una fortuna él y su mujer.

Entre todas esas historias, nos contó cómo recolectaban el agua mi abuela Benita y otras mujeres del barrio Restrepo en el nacimiento del río San Cristóbal (páramo de Sumapaz).

Corría el año de 1938, cuandoel viejo se casó con mi abuela en el municipio de Guatavita, exactamente en la vereda de Guandita. Como mi abuelo era conservador de pura cepa, godo a morir, tuvieron que salir huyendo, cualquier día a la madrugada, pues los liberales los iban a matar. Llegaron a Bogotá y fueron a parar a una pieza en el barrio San Victorino.

Decían que la abuela era una hermosa mulata, enorme, ávida, activa,obstinada, terca y sagaz para los negocios. Fue ella quien decidió vender chicha en su casa para aumentar el ingreso familiar, pues lo que ganaba el marido no alcanzaba para sostener a seis criaturas y al séptimo que venía en camino. El problema era conseguir agua barata, pues la compraban en la plaza del Restrepo a unos aguateros que la bajaban en burro desde el paramo y la vendían a un centavo elcuenco, un precio excesivo y, por tal razón, la totumada de guarapo también salía muy cara.

Un sábado Benita madrugó para Boyacá. Se vistió con el faldón negro largo hasta el tobillo, adornado con encaje; un delantal con enormes bolsillos para la plata y el pañuelo, de colores vivos, con arandelas y cintas de raso; una blusa blanca con encaje del mismo color, hasta el cuello —no se podíamostrar mucho— y el sombrero negro dominguero con plumas de colores. Se acicaló los cabellos largos y negros con una trenza bien tejida, se puso los zarcillos del matrimonio, se amarró bien las alpargatas con el galón hasta la media pierna, alzó al más chiquito en el pañolón, agarró a los otros dos pequeños de la mano —que apenas si decían mamá— a los otros cuatro se los dejó al abuelo para que loscuidara, se embutieron en el tranvía rumbo a la calle 67, donde terminaba el servicio de éste, allí los recogió un bus que los llevó hasta Tunja por unos cuantos centavos que la abuela saco del fondo de su sostén. Ya en la capital boyacense, se acomodaron en un modesto hotel para la madrugada siguiente partir a Raquira por los tesoros a conseguir.

Allí se compró dos enormes jarrones de barrococido para cargar el agua y se alojó donde una comadre que hacía años no visitaba. El domingo, en la tarde, hizo el mismo recorrido de ida y como a las seis, la volvieron a ver su familia y marido que ya extrañaban a la dueña del hogar.

Trajo consigo varios cuencos de barro, de diversos tamaños, para facilitar la cargada del agua, y en un solo viaje traer suficiente. Por el camino se compró...
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