Cronica de una muerte anunciada

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Crónica de una muerte anunciada
Gabriel García Márquez
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Bayardo San Román, el hombre que devolvió a la esposa, había venido por primera
vez en agosto del año anterior: seis meses antes de la boda. Llegó en el buque semanal
con unas alforjas guarnecidas de plata que hacían juego con las hebillas de la correa y
las argollas de los botines. Andaba por los treinta años, pero muy bienescondidos, pues
tenía una cintura angosta de novillero, los ojos dorados, y la piel cocinada a fuego lento
por el salitre. Llegó con una chaqueta corta y un pantalón muy estrecho, ambos de
becerro natural, y unos guantes de cabritilla del mismo color. Magdalena Oliver había
venido con él en el buque y no pudo quitarle la vista de encima durante el viaje.
«Parecía marica -me dijo-. Y era una lástima,porque estaba como para embadurnarlo de
mantequilla y comérselo vivo.» No fue la única que lo pensó, ni tampoco la última en
darse cuenta de que Bayardo San Román no era un hombre de conocer a primera vista.
Mi madre me escribió al colegio a fines de agosto y me decía en una nota casual: «Ha
venido un hombre muy raro». En la carta siguiente me decía: «El hombre raro se llama
Bayardo SanRomán, y todo el inundo dice que es encantador, pero yo no lo he visto».
Nadie supo nunca a qué vino. A alguien que no resistió la tentación de preguntárselo, un
poco antes de la boda, le contestó: «Andaba de pueblo en pueblo buscando con quien
casarme». Podía haber sido verdad, pero lo mismo hubiera contestado cualquier otra
cosa, pues tenía una manera de hablar que más bien le servía para ocultarque para
decir.
La noche en que llegó dio a entender en el cine que era ingeniero de trenes, y habló
de la urgencia de construir un ferrocarril hasta el interior para anticiparnos a las
veleidades del río. Al día siguiente tuvo que mandar un telegrama, y él mismo lo
transmitió con el manipulador, y además le enseñó al telegrafista una fórmula suya para
seguir usando las pilas agotadas. Conla misma propiedad había hablado de
enfermedades fronterizas con un médico militar que pasó por aquellos meses haciendo
la leva. Le gustaban las fiestas ruidosas y largas, pero era de buen beber, separador de
pleitos y enemigo de juegos de manos. Un domingo después de misa desafió a los
nadadores más diestros, que eran muchos, y dejó rezagados a los mejores con veinte
brazadas de ida y vueltaa través del río. Mi madre me lo contó en una carta, y al final
me hizo un comentario muy suyo: «Parece que también está nadando en oro». Esto
respondía a la leyenda prematura de que Bayardo San Román no sólo era capaz de
hacer todo, y de hacerlo muy bien, sino que además disponía de recursos interminables.
Mi madre le dio la bendición final en una carta de octubre. «La gente lo quiere mucho-me decía-, porque es honrado y de buen corazón, y el domingo pasado comulgó de
rodillas y ayudó a la misa en latín.» En ese tiempo no estaba permitido comulgar de pie
y sólo se oficiaba en latín, pero mi madre suele hacer esa clase de precisiones superfluas
cuando quiere llegar al fondo de las cosas. Sin embargo, después de ese veredicto
consagratorio me escribió dos cartas más en las quenada me decía sobre Bayardo San
Román, ni siquiera cuando fue demasiado sabido que quería casarse con Ángela Vicario.
Sólo mucho después de la boda desgraciada me confesó que lo había conocido cuando
ya era muy tarde para corregir la carta de octubre, y que sus ojos de oro le habían
causado un estremecimiento de espanto.
-Se me pareció al diablo -me dijo-, pero tú mismo me habías dicho que esascosas no
se deben decir por escrito.
Crónica de una muerte anunciada
Gabriel García Márquez
15
Lo conocí poco después que ella, cuando vine a las vacaciones de Navidad, y no lo
encontré tan raro como decían. Me pareció atractivo, en efecto, pero muy lejos de la
visión idílica de Magdalena Oliver. Me pareció más serio de lo que hacían creer sus
travesuras, y de una tensión recóndita...
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