El primer hombre

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La escuela

No había conocido a su padre, pero solían hablarle de él en una forma un poco mitológica y siempre, llegado cierto momento, había sabido sustituirlo. Por eso Jacques jamás lo olvidó, como si, no habiendo experimentado realmente la ausencia de un padre a quien no había conocido, hubiera reconocido inconscientemente, primero de pequeño, después a lo largo de toda su vida, el únicogesto paternal, a la vez meditado y decisivo, que hubo en su vida de niño. Pues el señor Bernard, su maestro de la última clase de primaria, había puesto todo su peso de hombre, en un momento dado, para modificar el destino de ese niño que dependía de él, y en efecto, lo había modificado.

En aquel momento el señor Bernard estaba allí, delante de Jacques, en su pequeño apartamento de las vueltas deRovigo, casi al pie de la Alcazaba, un barrio que dominaba la ciudad y el mar, habitado por pequeños comerciantes de todas las razas y todas las religiones, cuyas casas olían a la vez a especias y a pobreza. Allí estaba, envejecido, el pelo más ralo, manchas de vejez detrás del tejido ya vitrificado de las mejillas y las manos, desplazándose con más lentitud que antes, y visiblemente contentocuando podía sentarse de nuevo en su sillón de mimbre, cerca de la ventana que daba a la calle comercial y donde cantaba un canario, ablandado también por la edad y mostrando su emoción, cosa que no hubiera ocurrido antes, pero todavía erguido y la voz fuerte y firme, como en los tiempos en que, plantado delante de sus alumnos, decía: «En fila de a dos. ¡De a dos! ¡No de cinco!». Y el bulliciocesaba, los alumnos que a la vez temían y adoraban al señor Bernard, se alineaban a lo largo del muro exterior del aula, en la galería del primer piso, hasta que, en filas por fin regulares e inmóviles, en silencio, un «Adentro, banda de renacuajos» lo liberaba, dándoles la señal del movimiento y de una animación más discreta que el señor Bernard, sólido, elegantemente vestido, con su fuerte rostroregular coronado por cabellos un poco ralos pero muy lisos, oliendo a agua de colonia, vigilaba con buen humor y severidad.

La escuela quedaba en una parte relativamente nueva de ese viejo barrio, entre casas de una o dos plantas construidas poco después de la guerra del 70 y unos almacenes más recientes que habían terminado por unir la calle principal del barrio, la de Jacques, con la partetrasera del puerto de Argel, donde estaban los muelles del carbón. Jacques iba andando, dos veces por día, a esa escuela que había empezado a frecuentar a los cuatro años en la sección maternal, periodo del que no conservaba recuerdo alguno, salvo el de un lavabo de piedra oscura que ocupaba todo el fondo del patio cubierto donde aterrizó un día de cabeza, para levantarse bañado de sangre, la arcadasuperciliar abierta, entre las maestras enloquecidas, y fue así como trabó conocimiento con los puntos que apenas acaban de quitarle, a decir verdad, cuando hubo que ponérselos en la otra arcada, pues en la casa a su hermano se le había ocurrido encajarle hasta los ojos un viejo bombín y enfundarlo en un viejo abrigo que le trababa la marcha, de modo que dio con la cabeza contra uno de los morrillosdespegado de las baldosas, y nuevamente en sangre. Pero ya iba a la maternal con Pierre, casi un año mayor que él, que vivía en una calle cercana con su madre también viuda de guerra, empleada de Correos, y dos de sus tíos, que trabajaban en el ferrocarril. Sus respectivas familias eran vagamente amigas, o como se es en esos barrios, es decir, que se estimaban sin visitarse casi nunca y estabandecididos a ayudarse entre sí sin tener jamás ocasión de hacerlo. Sólo los niños se hicieron verdaderos amigos después de aquel primer día en que los dos, Jacques todavía con delantal y confiado a Pierre, consciente de sus pantalones y de su deber de hermano mayor, comenzaron la escuela maternal. Después habían recorrido juntos la sucesión de aulas hasta la última de primaria, a la que Jacques...
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