El psicoanalista

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  • Publicado : 16 de noviembre de 2011
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EL PSICOANALISTA
El señor Bishop, en partículas, junto con la señorita Levy y el realmente desafortunado Roger Zimmerman, que compartía su piso del Upper West Side y al parecer su vida cotidiana y sus vívidos sueños con una mujer de mal genio, manipuladora e hipocondríaca que parecía empeñada en arruinar hasta el menor intento de independizarse de su hijo, dedicaron sus sesiones a echar pestescontra las mujeres que los habían traído al mundo.
Era furia hacia sí mismo. Sabía por experiencia y formación que, con el tiempo, tras años de hablar con amargura en el ambiente peculiarmente distante de la consulta del analista, todos ellos llegarían a esa conclusión por sí solos.
El motivo de su cumpleaños le recordaba de un modo muy directo su mortalidad.
Su propio padre había muerto pocodespués de haber cumplido cincuenta y tres años, con el corazón debilitado por el estrés y años, de fumar sin parar, algo que le rondaba sutil y malévolamente bajo la conciencia.
El antipático de Roger Zimmerman gimoteaba en los últimos minutos de la última sesión del día.
Antes de su primera sesión, se informaba a cada cliente nuevo de que, al entrar debía hacer dos llamadas cortas, una trasotra, seguidas de una tercera, más larga. Eso era para diferenciarlo que pudieran llegar a su puerta.
A las seis de la tarde no había ninguna anotación. El reloj marcaba las seis menos doce minutos, y Roger Zimmerman pareció ponerse tenso en el diván.
-Nunca ha venido nadie después de mí, por lo menos que yo recuerde-
-No me gusta la idea que venga después de mí-
-Lo más probable es quequienquiera que éste ahí fuera sea más interesante que yo, ¿verdad?- soltó con amargura.
Zimmerman se volvió con brusquedad y cruzó furibundo la pequeña consulta para salir por una puerta sin mirar atrás.
La consulta tenía tres puertas: una que daba al recibidor, reconvertido en una pequeña sala de espera; una segunda que daba directamente al pasillo del edificio, y una tercera que llevaba a la cocina, elsalón y el dormitorio del resto del piso. Su consulta era una especia de isla personal con portales a esos mundos.
No tenía ni idea de a cuál de sus pacientes se la habría ocurrido volver.
Tampoco era capaz de imaginar qué paciente sufriría una crisis tal que lo llevara a introducir un cambio tan inesperado en la relación entre analista y analizado.
En eso Zimmerman tenía razón. Cambiar iba encontra de todo. Así que cruzó la habitación con brío, con el impulso que genera la expectativa.
Abrió la puerta y observó la sala de espera.
Estaba vacía!!
Y entonces vio el sobre que alguien había dejado en el asiento de la única silla que había para los pacientes que esperaban.
Se acercó y recogió el sobre. Tenía su nombre mecanografiado.
-Qué extraño- musitó.
Abrió el sobre y extrajo doshojas mecanografiadas. Leyó sólo la primera línea:
‘’Feliz 53º cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte’’
El doctor Frederick Starks, un hombre dedicado profesionalmente a la introspección, vivía solo, perseguido por los recuerdos de otras personas.
Se dirigió a su pequeño escritorio de arce, una antigüedad que su esposa le había regalado hacía quince años. Ella había muertohacía tres años, y cuando se sentó tras la mesa le pareció que todavía podía oír su voz. Extendió las hojas de la carta delante de él, en el cartapacio.
Dedico unos segundos a intentar sosegar sus rápidos latidos y esperó con paciencia hasta notar que recuperaba su ritmo habitual.
Ricky Starks- no solía dejar que nadie supiera cuánto prefería el sonido afable y amistoso de la abreviación informalal más sonoro Frederick- era un hombre rutinario y ordenado. Su minuciosidad y formalidad rozaban sin duda la obsesión; creía que imponer tanta disciplina a su vida cotidiana era la única forma segura de intentar interpretar el desconcierto y el caos que sus pacientes le acercaban a diario.
Suicídese, Doctor.
Tírese desde un puente. Vuélese la tapa de las sesos con una pistola. Arrójese bajo...
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