El tunel de santo domingo

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EL TÚNEL DE SANTO DOMINGO
Emilio Velazco Gamboa

En tiempos de la colonia, los ministros de la Santa Iglesia en México realizaron la construcción de dos importantes sedes para evangelizar el valle de Itzocan –que actualmente es la región de Izúcar de Matamoros, al sur del Estado de Puebla: el del Apóstol Santiago y el de Santo Domingo, que originalmente era un convento. En torno a ambos haymuy hermosas y prodigiosas historias. La presente es sólo una de ellas, y ocurrió allá por los años transcurridos entre los de la Revolución Mexicana y los que se vivieron agitados por la Guerra Cristera.
Cuenta mi abuelita que doña Antonia Vergara era la esposa del sacristán del templo, don José Morales, quien, el día que ocurre el prodigio que hoy les cuento, había salido desde muy tempranoa atender diversos encargos del señor cura. Cuando esto ocurría, Antonia, que cotidianamente se hacía cargo de la limpieza general, también tenía que dar las campanadas de las doce del día y de las tres de la tarde, pues regularmente don José solía llegar a eso de las seis.
Así, aquella mañana, la buena mujer se entregó a sus tareas, y en el cuarto donde se guardaban los candelabros, losfloreros –por cierto, había ido a traer unos para ponerlos en el altar– y otros artículos del templo, vio una laja que había en dicho cuarto. Y aunque siempre estuvo ahí, nunca le llamó la atención como aquel día. Sin pensarlo, se acercó movida por la curiosidad y la levantó tomándola por la argolla.
Para su sorpresa, descubrió que, pese a ser de piedra maciza, no pesaba mucho. Además, era laentrada a lo que parecía ser otro cuarto, pues había una escalera que descendía hacia él. Pero más aún se sorprendió cuando vio que la escalera llevaba a un túnel, y supo que lo era porque una luz blanquecina pero suficiente alumbraba el camino que parecía extenderse bastante.
Así, empezó a andar el túnel en cuestión tras confirmar que la luz, llegada quién sabe de dónde, le permitía vercosas impresionantes. Por ejemplo, había flores y pasto, pero también osamentas con armaduras españolas –¿serían acaso guardianes a los que nadie vino a relevar jamás de su encargo?, pensó la mujer–. Algunas otras osamentas estaban ataviadas con cadenas de oro y joyas, y conforme más avanzaba, más tesoros descubría. No obstante, respetuosa, no tocó nada. Simplemente veía y caminaba.
Así, Antoniacaminó durante un rato, y aunque sabía que el tiempo corría, desestimó la hora pensando que no llevaba mucho ahí. Y como había entrado a eso de las ocho de la mañana, pensó que seguramente ya sería la hora de dar la primera serie de campanadas –las del medio día– que le correspondían cuando su marido se ausentaba, por lo que emprendió el camino de regreso. El túnel, empero, no terminaba ahí: esmás, parecía no tener fin, y las riquezas y las osamentas se extendían a sus costados junto con las flores y el pasto.
Cuando estaba a punto de salir escuchó el tañido de la campana y, preocupada, pensó que serían –sin duda– las doce con minutos, pero agradeció que alguien hubiera llegado a dar la llamada del medio día. Sin embargo, la luz era más tenue que cuando bajó por la misteriosaescalera, por lo que creyó que tal vez serían las tres y su marido habría llegado más temprano que de costumbre. Le extrañaba, eso sí, no haber escuchado el primer llamado. ¿Acaso habría recorrido más camino del que creía?
En fin, que al salir vio –efectivamente– a su marido jalar la cuerda que
–a su vez– tiraba del badajo de la campana. Tratando de no llamar mucho la atención con su expresión desorpresa, se acercó a él y le preguntó si estaría dando el toque de doce o el de tres, pero abrió los ojos como platos al enterarse de que don José estaba llamando a la oración de las seis de la tarde, como se acostumbraba en aquellos tiempos para que la gente, en sus casas o en el templo, rezara el Sagrado Rosario.
Sorprendido y preocupado pero tolerante –pues Antonia no era una mujer...
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