Elizabeth kubler ross los niños y la muerte

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  • Publicado : 25 de febrero de 2011
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ELISABETH KÜBLER-ROSS

LOS NIÑOS
Y LA MUERTE

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Luciérnaga OCÉANO

ÍNDICE

Pensamientos... 4

El comienzo de la vida 6

La muerte súbita 18

Lesiones cerebrales y estado de coma 28

Forma natural de preparar a los niños para la vida 34

El duelo, catalizador para el crecimiento y la comprensión 42Niños desaparecidos, asesinados y suicidio infantil 42

Tratamientos alternativos: la visualización 42

Cuando los niños saben que van a morir 42

Como pueden ayudar los amigos 42

Dejarlos marchar 42

Los funerales 42

Aspectos espirituales del trabajo con niños moribundos 42

Recursos: grupos y sistemas de apoyo42

Grupos de cuidados y ayuda 42

A Kenneth, Manny y Barbara, que me enseñaron a ser madre.

Dedico este libro también a los padres y niños que tan generosamente compartieron conmigo su amor y su dolor, sus esperanzas y sus desilusiones.
Quiero expresar asimismo mi profundo agradecimiento a los miles de padres, abuelos y hermanos que me hicieronpartícipe de sus sentimientos cuando un niño padecía una enfermedad terminal, tras un suicidio o después de encontrar el cuerpo de un niño asesinado. Cada uno de ellos sobrellevó la carga de distinta forma, y ahora comparten la tristeza de la pérdida de un niño y rehacen su vida con compasión, comprensión y una mayor capacidad para amar.
Espero que este libro ayude a vivir con más plenitud yapreciar más la vida, mientras podamos compartirla juntos.

El ser humano forma parte, con una limitación en el tiempo y el espacio, de un todo que llamamos «universo». Piensa y siente por sí mismo, como si estuviera separado del resto; es como una ilusión óptica de la conciencia. Esa ilusión es una cárcel que nos circunscribe a las decisiones personales y al afecto hacia las personas máscercanas. Hay que traspasar sus muros y ampliar ese círculo para abrazar a todos los seres vivos y ala naturaleza en todo su esplendor.

Albert Einstein
1

Pensamientos...

Estoy en la sala de estar, tras pasar una larga semana en Nueva York, en un encuentro con unas ochenta y cinco personas, muchas de las cuales padecían una enfermedad terminal o tenían ante sí la miseria y lainsensatez de la vida o del suicidio. Otras habían perdido un hijo o a su pareja, y algunas venían para crecer, para apreciar la vida con más intensidad, o simplemente para «cargar las baterías» y trabajar mejor con quienes las necesitan.
Y desde aquí, sentada delante de la máquina de escribir, veo por el ventanal azulejos y colibríes, un conejillo que cruza el patio, una salamandra que mira hacia lacasa, y luego aparece un águila, sobrevolando los árboles del jardín. El paraíso debe de ser algo así: árboles y flores en un marco de valles y montañas, con un cielo azul, un lugar apacible y tranquilo que invita a descansar.
Pienso en los indios que recorrían esta tierra y despedían a sus muertos. Oigo sus oraciones al viento y sus lamentos al paso de uno de sus niños.
Como si vieseuna película de aquellos tiempos, imagino la llegada de los colonizadores, de los jóvenes durante la fiebre del oro, con sus sueños sobre el «Lejano Oeste», donde esperaban encontrar una tierra para trabajar, tener una familia y ganarse la vida. Veo sus caravanas, avanzando con dificultad; a sus mujeres, abatidas, acaloradas y cansadas; las veo cocinando en una marmita y refugiándose de la tormenta.Las veo embarazadas y temiendo el viaje; oigo el llanto del recién nacido, y veo el orgullo y el sudor en la cara del padre que contempla a su primer vástago. Veo cómo la joven pareja cava una fosa en el camino hacia el Oeste y reemprende la lucha para sobrevivir, para empezar de nuevo, una y otra vez. En los últimos miles de años apenas ha habido cambios: los seres humanos siempre han luchado,...
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