Historia

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JOHN CASE

CÓDIGO GÉNESIS
Traducción de Agustín Vergara

Este libro no podrá ser reproducido, m total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor Todos los derechos reservados Título original The Génesis Code ©John Case, 1996, 2004 © por la traducción, Agustín Vergara, 1999 © Editorial Planeta, S A , 2005 Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España) Primera edición en estapresentación: abril de 2005 Depósito Legal: M. 11 356-2005 ISBN 84-08-05970-X (rústica) ISBN 84-08-05851-7 (tapa dura) Composición. Ormograf, S. A. Impresión y encuadernación. Brosmac, S. L. Printed in Spain - Impreso en España

A la memoria de Bob LaBrasca (1943-1992) A la sabiduría iluminada de Racine

Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado... Credoniceno, concilio de Calcedonia, 451 d.C.

PRIMERA PARTE

Julio

CAPÍTULO 1

El padre Azetti se sentía tentado. De pie, en la escalinata de la parroquia, acarició nerviosamente el rosario con los dedos. Al otro lado de la plaza estaba su trattoria favorita. Miró la hora. Eran las dos menos veinte y estaba muerto de hambre. Supuestamente, la iglesia debía permanecer abierta de ocho a dos y,de nuevo, de cinco a ocho. Al menos, eso decía el cartel de la puerta, y el padre Azetti tenía que reconocer que el cartel tenía cierta autoridad. Llevaba ahí colgado casi cien años. Aun así... La trattoria estaba en la via della Felice; un nombre grandioso para un pequeño callejón adoquinado que se alejaba serpenteando de la plaza hasta morir en el muro de piedra que definía los límites delpueblo. Montecastello di Peglia, uno de los pueblos más remotos y bellos de toda Italia, se erguía sobre un promontorio de rocas, a trescientos metros de altura sobre la llanura de Umbría. Su orgullo era la piazza di San Fortunato, donde una pequeña fuente borboteaba a la sombra de la única iglesia del pueblo. Silenciosa y envuelta por el aroma de los pinos, la pequeña plaza era lugar de encuentro deamantes y estudiantes de arte que acudían a ella por las espléndidas vistas que ofrecía de la llanura. A sus pies se extendía un mosaico de cultivos, el corazón de la Italia rural, donde los campos de girasoles temblaban bajo el efecto del calor. Pero ahora los amantes y los estudiantes estaban comiendo. Un lujo que el padre Azetti todavía no podía permitirse. Una suave brisa le llevó el olor apan recién horneado, carne a la parrilla, limón y aceite de oliva. Era una tortura. Pero no tenía más remedio que desoír las quejas de su estómago. Por encima de todo, Montecastello era un pueblo. Ni siquiera tenía un hotel, tan sólo una pequeña pensión regentada por una pareja de ingleses. El padre Azetti llevaba menos de diez años en el pueblo. Era un forastero; para la gente del pueblo siempre losería. Y, como forastero, era el blanco de las habladurías de sus vecinos, sobre todo los más viejos, que controlaban cada uno de sus movimientos, siempre vigilantes, y ensalzaban continuamente las virtudes de su predecesor, «el cura bueno». ¿Azetti? Azetti era «el cura nuevo». Si al padre Azetti se le ocurriera cerrar la iglesia un solo minuto antes de tiempo durante las horas de confesión searmaría un escándalo en Montecastello. Con un suspiro, el párroco le dio la espalda a la plaza y volvió a adentrarse en la penumbra de la iglesia. Construida en una época en la que el cristal era un lujo, la iglesia estaba condenada a las sombras perpetuas desde el mismo momento de su edificación. Al margen del débil resplandor de las bombillas de los candelabros y de una hilera de velas que seconsumía en la nave central, la única iluminación de la estructura procedía de las

estrechas ventanas que se abrían en lo alto de uno de los muros laterales. Aun siendo pequeñas y escasas, las ventanas conseguían un efecto de gran dramatismo cuando, en algunas ocasiones, como ésta, transformaban el sol de la tarde en haces de luz que descendían hasta el suelo de la iglesia. Al pasar junto a uno...
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